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Foto: cedida por el autor

Los nuevos raíles de las finanzas

La nueva propiedad

Comencé a interesarme por los cripto-activos como la mayoría de nosotros. Noticias sobre Bitcoin, incrementos de precio del 10.000% e historias de jóvenes haciéndose ricos de la noche a la mañana. Hace casi una década que investigo blockchain, y todavía me llama la atención la ausencia de contenido de valor relacionado con esta tecnología. Tan solo hay que consultar en internet la palabra “Crypto”. Probablemente, aparezcan 10 predicciones del precio de $BTC, 6 cursos sobre trading con apalancamiento y 3 estafas relacionadas con la compra de memecoins. En mi caso, traté de encontrar la verdad. Sabía que, más allá de la especulación, había una tecnología con potencial de revolucionar el sector financiero. Después de años, considero haber comprendido el verdadero telos de la tecnología detrás de proyectos como Ethereum, Solana o Avalanche. La intersección entre economía, derecho y tecnología. Los nuevos raíles del sistema financiero. La nueva propiedad.

¿Cómo puedes saber si algo es verdadero o falso?

Esta pregunta a menudo pasa desapercibida en el día a día. Pongamos algunos ejemplos:

¿Cómo puedes saber…

  • Que un título universitario es auténtico?
  • Que las entradas de un concierto son verdaderas?
  • Que un carnet para acceder a la biblioteca es real, y no una copia?

La respuesta es sencilla: porque existe un registro. Las universidades almacenan internamente información sobre los graduados, los organizadores de eventos recogen los titulares de cada entrada y las bibliotecas guardan archivos sobre la identidad de sus usuarios. Verificar la autenticidad de elementos comunes en nuestro día a día depende de registros. Registros que, habitualmente, dependen de entidades privadas.

El concepto es sencillo, pero sus implicaciones son profundas. Cuando decimos que algo “nos pertenece”, normalmente existe algún registro que permite demostrarlo. La propiedad no existe únicamente porque una persona afirme poseer algo, sino porque existe una infraestructura capaz de reconocer, actualizar y hacer valer ese derecho.

La propiedad asentada sobre registros privados

Miles de millones de euros de ahorro reposan cada día en cuentas corrientes bancarias. Los ahorradores, concienciados de la reciente crisis financiera de 2008, confían sus fondos a entidades amparándose en protecciones como el Fondo de Garantía de Depósitos en Europa, que protege hasta 100.000 euros en caso de insolvencia de entidades bancarias.

Otros escogen invertir en valores o fondos de inversión para preservar su poder adquisitivo, o en algunos casos, para evitar el riesgo de contraparte que supone tener millones de euros en una cuenta o depósito bancario. Billones de euros permanecen invertidos en acciones, bonos, ETFs y fondos de inversión bajo la premisa de la “segregación de activos”, protección otorgada por el regulador que impide que los acreedores de entidades fallidas puedan dirigirse contra los activos de clientes.

El sistema parece haber encontrado un equilibrio: los ahorradores confían en el Fondo de Garantía de Depósitos, y los inversores encuentran tranquilidad en la segregación de activos que obliga a las entidades bancarias a mantener los valores de clientes separados de su propio balance. Sin embargo, existe una reflexión más profunda y trascendental que caracteriza nuestro sistema:

Billones de euros de valor se encuentran registrados en una infraestructura fragmentada de registros, muchos de ellos mantenidos por entidades privadas y conectados mediante complejas cadenas de confianza, reconciliación y reconocimiento jurídico.

Sabemos que tenemos dinero en cuenta corriente, acciones o fondos “reales” porque la aplicación del banco así nos lo muestra. Y nosotros confiamos en estos registros privados, donde depositamos nuestra confianza y nuestra riqueza.

Los bancos son solo una pequeña parte de las cañerías que sostienen al sistema financiero actual. A menudo, en países como España, el recorrido simplificado es el siguiente:

Cliente desea comprar 100 acciones de Iberdrola → el banco recibe la orden y los fondos necesarios para operar → un broker ejecuta la transacción → la liquidación finaliza en un Central Securities Depository o CSD (Iberclear en España).

Aquí conviene distinguir dos conceptos que habitualmente se confunden: la negociación o trading y la liquidación o settlement.

El trading es el momento en el que comprador y vendedor acuerdan la operación: qué activo se compra, en qué cantidad y a qué precio. El settlement, en cambio, es el proceso mediante el cual esa operación se hace efectiva, intercambiándose finalmente los valores y el dinero. En los mercados tradicionales, ambos procesos están separados.

Independientemente de que se trate de un proceso de varios días (T+2) hasta que la operación finaliza y es liquidada, existen varios intermediarios cuyos registros deben coincidir.

El banco, como intermediario y custodio, posee miles o millones de clientes, muchos de los cuales tienen también acciones de Iberdrola. Para ello, el banco debe gestionar un registro privado, en el que asigne a cada cliente el número de acciones exacto. Al mismo tiempo, el CSD mantiene las posiciones registradas en las cuentas de sus participantes. Estos registros deben coincidir en un proceso conocido como “reconciliación”. El banco actualiza sus registros privados sobre las posiciones de los activos de sus clientes, que contrasta periódicamente con los activos anotados en el registro del depositario central o CSD. Mientras tanto, el banco es responsable de mantener segregados los activos de sus clientes, es decir, de separar qué acciones de Iberdrola mantiene por cuenta propia y qué acciones de Iberdrola mantiene por cuenta de clientes.

Pero, ¿qué ocurre si ante un colapso, no coinciden los registros?

¿Cuál sería el resultado de un escenario en el que el banco asegura tener 100.000 acciones de Iberdrola en nombre de sus clientes apuntadas en su registro privado, pero Iberclear solo reconoce en su registro 99.000? ¿Qué ocurre con esas 1.000 acciones que, simplemente, “no están”?

No se trata de insolvencia, tampoco de fraude. Un evento tan sencillo como que los registros no coincidan. El problema no es únicamente dónde están esas 1.000 acciones, sino algo más profundo: ¿qué registro tiene autoridad para determinar quién es realmente propietario de ellas?

Actualmente existen mecanismos jurídicos y operativos para resolver estas discrepancias. Existen marcos contractuales, registros, auditorías, procedimientos de reconciliación y reglas de insolvencia. Pero no existe un único registro universal que permita a todos los participantes consultar el mismo estado de propiedad y resolver automáticamente una discrepancia.

Fragmentación de jurisdicciones y el “riesgo país”

El problema se agrava al adoptar una perspectiva internacional. En economías desarrolladas (UE, US, UK, Japón) la manera de representar activos financieros y preservar registros es similar. Entidades bancarias robustas cubiertas por instituciones de primer nivel asentadas en regímenes capitalistas que priman la seguridad jurídica, con el objetivo de preservar la confianza en el sistema y captar capital extranjero.

¿Pero qué ocurre cuando un ciudadano europeo busca invertir en jurisdicciones con marcos regulatorios, políticos y jurídicos distintos, como Guatemala, Kenia, Bosnia o Malasia?

La primera consecuencia es que se multiplican los intermediarios: ahora son necesarios varios custodios a nivel internacional. El banco en Europa, que a su vez concilia el registro con el custodio internacional, que al mismo tiempo se vincula con el custodio local, para finalmente liquidar operaciones en el CSD del país destino, como puede ser CDS (Central Depository System) en Malasia, operado por Bursa Malaysia.

La segunda consecuencia es el riesgo país. Si las acciones de empresas cotizadas en Malasia se rigen por la normativa interna y liquidan únicamente en el CDS a través de Bursa Malaysia, ¿qué ocurre si el depositario central falla? ¿Y si un nuevo partido político ordena suprimir la cotización de sus empresas? ¿O expropiar todas aquellas acciones mantenidas por extranjeros?

No se trata de que un depositario central o CSD pueda simplemente decidir cambiar quién es propietario de un valor. Su función está determinada por la legislación y la regulación de la jurisdicción en la que opera. Pero precisamente por eso existe una dependencia última del ordenamiento jurídico y de las instituciones de cada país. Un cambio legislativo, una restricción a la inversión extranjera, una expropiación o una crisis institucional pueden afectar a la capacidad de un inversor extranjero para ejercer sus derechos.

El sistema financiero actual se sostiene sobre ordenamientos jurídicos dispares. Lejos de existir una única “fontanería” común para operar y liquidar activos financieros, cada Estado cuenta con instituciones y procesos distintos, lo que dificulta el libre flujo de capitales e inversión a nivel global.

En conclusión: no existe un sistema uniforme para intercambiar y registrar valor.

En un mundo global donde la información viaja a la velocidad de internet, el valor se atranca entre capas de intermediarios y ordenamientos jurídicos que merman la confianza de los inversores.

El nacimiento de Web3, “El Internet del Valor”

Así es como nace lo que hoy conocemos como Web3, construido sobre blockchain o tecnología de registro distribuido (DLT, por sus siglas en inglés). El objetivo es crear un “internet del valor”: una red que sirva como estándar global, transparente e inmutable para transferir activos reduciendo la dependencia de intermediarios.

Su primer gran hito, Bitcoin, demostró al mundo cómo es posible enviar y almacenar valor sin necesidad de bancos, entidades privadas o gobiernos. Bitcoin es, además de un cripto-activo, una blockchain pública con millones de nodos y participantes que contribuyen a asegurar la seguridad y viabilidad de la cadena. Siguiendo un protocolo, los participantes en la red pueden transferir valor con la seguridad de que el sistema es extremadamente resistente a la manipulación. En casi dos décadas de historia, la red Bitcoin no ha sufrido un solo fallo que haya permitido a una entidad controlar unilateralmente el estado de la red.

A menudo, algunos expertos afirman “nada sostiene a BTC” como un argumento en contra del valor de la tecnología blockchain. Sin embargo, esa es su principal virtud. Los cripto-activos como BTC circulan por cadenas públicas que no dependen de una única empresa ni de un único operador. No son emitidos por empresas ni controlados por particulares. No existe un CEO o consejo de administración. Solo un grupo de personas que deciden actuar de acuerdo con las reglas de un protocolo, persiguiendo unos incentivos, actuando en su mejor interés. El mejor ejemplo de la mano invisible de Adam Smith en el s. XXI son las blockchains públicas, en las que cada usuario, persiguiendo estrictamente su interés individual, contribuye a crear una plataforma cuya rigidez sostiene trillones de dólares de valor en la actualidad.

Sirva como ejemplo:

En el mundo actual (Web2), ¿cómo puedes distinguir si una fotografía es la original, o se trata de una copia?

Cualquier dispositivo puede duplicar una imagen sin que sea posible identificar cuál es la original. Ambas imágenes son idénticas. Si recibo una fotografía a través de internet, puedo duplicarla, y enviar dos archivos con las mismas propiedades. Ahora bien, si recibo 1 BTC a través de internet, ¿puedo duplicarlo? ¿Y si recibo $1 en stablecoins a través de una blockchain pública? El valor no puede falsearse, dado que existen miles de validadores independientes que conservan un registro común y lo preservan de alteraciones.

El internet del valor, o Web3, es una arquitectura universal que permite operar con instrumentos financieros de manera nativa a través de internet. Dado que se trata de un registro distribuido, permite verificar públicamente el estado de la cadena y evita determinados problemas propios de los sistemas digitales, como el double spending, sin depender de un único operador.

Actualmente, la sociedad depende de todo tipo de intermediarios para enviar información a través de internet. Microsoft para el correo electrónico, Meta para contenido en redes sociales, Google para entretenimiento a través de YouTube. Al mismo tiempo, para enviar valor, las personas necesitan utilizar intermediarios (bancos, brokers, entidades financieras) dado que no pueden operar en ausencia de estos. Hemos construido un modelo con dependencia total de terceros, que al margen de generar negocio en base a nuestras necesidades, mantienen registros privados en los que tenemos que confiar. Volvemos al inicio:

  • ¿Qué ocurre si un día Instagram ha perdido mi cuenta, o mis publicaciones?
  • ¿Y si una mañana Shopify no encuentra la tienda online de mi negocio?
  • ¿Qué pasaría si he invertido miles de euros en elementos de un videojuego, y la empresa creadora desaparece?

Depositamos toda nuestra confianza y valor en intermediarios con registros de carácter privado.

Ethereum como potencial capa neutral, abierta y global de liquidación

Ethereum nace en 2015 con el propósito de crear una red imposible de censurar. Un registro público, neutral, inmutable y global en el que construir aplicaciones descentralizadas que eliminen al intermediario. Un mundo asentado bajo un único estándar independiente, respaldado por código y con la finalidad de proveer seguridad criptográfica y económica a sus participantes. Una suerte de máquina expendedora, en la que, introduciendo la moneda, uno tiene la seguridad de que recibirá su bebida sin intervención de ningún intermediario.

Ethereum procesa billones de dólares de valor cada día. Como cadena pública, es la base sobre la que a día de hoy existen divisas tokenizadas o stablecoins, además de activos tokenizados o RWA (Real-World Assets). Lejos de existir como medio de pago, ETH, el cripto-activo nativo de Ethereum, sirve para garantizar la independencia del mundo exterior. Ethereum surge como la evolución natural al sistema actual, un mundo gobernado por intermediarios sujeto a vicisitudes políticas y arbitrariedades.

Cualquier persona puede participar en la seguridad de la cadena. Para ejecutar un validador propio es necesario depositar ETH como garantía y operar la infraestructura necesaria. El validador comprueba la validez de las transacciones y participa en el consenso de la red. Si el usuario participa correctamente, el sistema le recompensa por aportar seguridad a la cadena. Si, por el contrario, trata de corromper la red mediante comportamientos prohibidos por el protocolo, puede ser penalizado mediante slashing: parte de su ETH en staking puede ser destruido y el validador expulsado de la red. La penalización aumenta cuando existe una conducta coordinada entre múltiples validadores. Se trata de teoría de juegos en su máximo esplendor: el ecosistema está diseñado para que la pérdida económica resultado de actuar de mala fe disuada a los participantes de perjudicar a la red.

Pero Ethereum introduce algo más importante que la posibilidad de especular con el precio de ETH: introduce un estado compartido. Miles de participantes independientes mantienen copias del estado de la red y verifican las mismas reglas. La confianza deja de depender exclusivamente de que una única entidad mantenga correctamente su base de datos privada y pasa a depender de un conjunto de reglas criptográficas, económicas y de consenso compartidas por la red.

Un único estándar global para la propiedad: ejecución privada, liquidación pública

A fecha de hoy, octubre de 2026, existen cientos de miles de millones de dólares en stablecoins sobre cadenas públicas, así como decenas de miles de millones de dólares en RWA (Real-World Assets) o activos del mundo real también tokenizados en blockchains públicas como Ethereum. Algunas consultoras como BCG proyectan alrededor de 14 trillones de dólares en valor de activos reales tokenizados para el año 2030. La verdadera pregunta no es si llegaremos a un mundo en el que todo el valor esté representado en tokens, sino cómo tendrá lugar la actualización del sistema financiero.

Cadenas públicas como Ethereum ofrecen una capa base universal sobre la que registrar y verificar estados de propiedad. Los bancos y los Estados necesitan a su vez proteger la privacidad y seguridad de los usuarios. El resultado con el que ya experimentan algunas de las grandes entidades financieras es un híbrido: private execution, public settlement.

La idea es sencilla: permitir que cada banco o plataforma lleve a cabo las operaciones de manera privada, utilizando registros privados para proteger la información de sus clientes, pero “anclando” dichos registros a una capa base pública universal. Entidades privadas recogiendo información de usuarios, ejecutando transacciones y garantizando su privacidad, mientras publican periódicamente a la capa base pruebas o compromisos criptográficos sobre el estado de sus registros.

De esta manera, no sería necesario que un banco publicase en Ethereum que Fernando posee 1.000 acciones, ni que revelase quién es el titular de una determinada cuenta. Podría mantener esa información de forma privada y publicar únicamente la información necesaria para que terceros puedan verificar que el estado de su sistema no ha sido alterado.

El objetivo no sería necesariamente sustituir todos los registros privados por uno público. Sería crear una capa común de liquidación y verificación sobre la que diferentes instituciones puedan operar, manteniendo la privacidad de sus clientes.

Y aquí aparece una distinción fundamental: una blockchain puede demostrar de forma inequívoca que una determinada dirección controla 1.000 tokens, pero no puede determinar por sí sola qué derecho jurídico representan esos tokens. Para que un token represente realmente una acción, un bono, una participación en un fondo o cualquier otro activo, debe existir un vínculo jurídico entre el registro digital y el derecho subyacente.

La verdadera revolución no sería, por tanto, simplemente convertir acciones, bonos o inmuebles en tokens. Sería conectar esos derechos jurídicos con un registro digital compartido, verificable y programable.

Un sistema en el que toda la propiedad termine asentándose en tierra común. Un mismo formato. Un único idioma.

Los activos financieros circulando libremente en todo el mundo, con plena seguridad jurídica, bajo un estándar homogéneo.

Por detrás de cada registro privado, fragmentado y en silos;

Existirá una capa pública común, neutral y verificable.

Esos son los nuevos raíles de las finanzas.

Esa es la nueva propiedad.

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