ÚLTIMA HORA
Cargando cotizaciones en vivo…
← Volver

Foto: JohnsonGoh · Wikimedia Commons (CC0)

Quant Finance

El análisis técnico: cómo predecir el pasado

Por qué dibujar patrones sobre un gráfico no demuestra capacidad predictiva, y qué ocurre cuando sometemos el chartismo a contrastes estadísticos.

Gráfico de 15 minutos del Dow Jones Industrial Average, de finales de marzo a principios de mayo, cubierto por decenas de líneas de análisis técnico (directrices, abanicos y niveles de retroceso) en rojo, verde y azul, hasta casi no dejar ver el precio.

El análisis técnico clásico sostiene que determinadas configuraciones de precios —soportes, resistencias, dobles techos, figuras de velas o cruces de indicadores— permiten anticipar movimientos futuros. Sin embargo, reconocer una figura en una trayectoria histórica no demuestra que esta tenga capacidad predictiva. Se trata de una afirmación empírica que, como cualquier hipótesis, debe someterse a contrastación.

La evolución de un precio es considerablemente más compleja que la geometría de su gráfico. En finanzas cuantitativas, se modeliza mediante un proceso estocástico, una familia de variables aleatorias indexadas por el tiempo. Su dinámica puede incorporar dependencias temporales, componentes aleatorios y una volatilidad cambiante. Para estudiar su predictibilidad, interesa caracterizar la distribución de probabilidad de sus valores futuros, condicionada a la información disponible. Un gráfico muestra una única trayectoria observada de ese proceso, no la distribución de sus posibles evoluciones futuras. Identificar figuras geométricas sobre esa trayectoria no demuestra que dichas configuraciones aporten información sobre la distribución condicional de los rendimientos futuros. La geometría de una trayectoria observada no constituye, por sí sola, evidencia de predictibilidad estadística.

Aquí aparece una distinción fundamental: una regla puede describir extraordinariamente bien el pasado (ex post) y carecer por completo de capacidad predictiva (ex ante). Identificar una resistencia después de una caída no demuestra que hubiera permitido anticiparla. Del mismo modo, encontrar una estrategia que funciona sobre datos históricos no garantiza que sus resultados se reproduzcan fuera de muestra. Sin una validación estadística adecuada, resulta imposible distinguir una señal genuina de un patrón surgido por azar o sobreajuste.

A esta dificultad estadística se añade una cuestión económica. Si una pauta pública, sencilla y fácilmente automatizable generase beneficios sistemáticos y escalables, los participantes profesionales tendrían incentivos para explotarla. La competencia tendería a erosionar progresivamente esa ventaja, especialmente una vez considerados los costes de transacción y las demás fricciones del mercado.

La cuestión, por tanto, no es si existen patrones reconocibles en los precios, sino si contienen información predictiva estadísticamente verificable y económicamente explotable.

El gráfico oculta gran parte de la información del mercado

Hay un problema previo a cualquier patrón chartista: ¿qué información estamos observando realmente cuando miramos una vela? Una vela de cinco minutos contiene cuatro precios —apertura, máximo, mínimo y cierre—. Esa simplificación elimina la secuencia de operaciones, el tamaño disponible a cada precio, las órdenes que entraron al libro y las que fueron canceladas. Dos velas idénticas pueden surgir de procesos de negociación completamente distintos. Dibujar un martillo no explica ninguno de ellos.

En un mercado organizado mediante un limit order book (libro de órdenes limitadas), la formación del precio depende de la interacción entre liquidez pasiva y órdenes agresivas. Una orden de compra a mercado consume las ofertas de venta disponibles; una orden limitada puede aportar liquidez y una cancelación puede retirarla sin que llegue a ejecutarse una sola operación. Decir que «el precio subió porque hubo más compradores que vendedores» no explica nada, y es una creencia errónea muy extendida. Lo relevante es quién exige liquidez, cuánta encuentra y cómo cambia la oferta disponible durante ese proceso.

La microestructura de mercado estudia cómo se forman realmente los precios, algo que el chartismo tradicional apenas contempla. Detrás de cada movimiento existe una enorme cantidad de información: órdenes de compra y venta, liquidez disponible, profundidad del libro de órdenes, spreads, cancelaciones, order flow imbalance e impacto de mercado. Velas e indicadores técnicos reducen toda esa actividad a cuatro precios y poco más, ignorando buena parte de los mecanismos que explican su formación.

Un ejemplo es el trabajo de Cont, Kukanov y Stoikov (2014), que estudia cómo los desequilibrios del flujo de órdenes (order flow imbalance) se relacionan con los movimientos del precio y cómo esa relación depende de la liquidez disponible. Es decir, dos movimientos idénticos del precio pueden responder a condiciones de mercado completamente diferentes, algo que difícilmente podemos distinguir observando únicamente un gráfico de velas.

La propia construcción de esos gráficos también es cuestionable. En Advances in Financial Machine Learning (2018), Marcos López de Prado explica las limitaciones del muestreo mediante intervalos temporales fijos y estudia alternativas basadas en transacciones, volumen e importe negociado. Cinco minutos de escasa actividad no contienen la misma información que cinco minutos de negociación intensa. Pretender comprender la dinámica de los precios únicamente mediante figuras geométricas supone ignorar buena parte de la complejidad del mercado.

En Evidence-Based Technical Analysis (2007), David Aronson somete a evaluación estadística 6.402 reglas de análisis técnico sobre el S&P 500. La estrategia más rentable obtuvo un rendimiento medio anualizado del 10,25 %, aparentemente muy significativo (valor p de 0,0005). Sin embargo, al corregir el sesgo derivado de haber seleccionado la mejor estrategia entre miles de alternativas mediante el Reality Check de White, el valor p ascendió a 0,8164. Ninguna de las 6.402 reglas mostró significación estadística al nivel del 5 %. El resultado ilustra uno de los mayores problemas del chartismo: encontrar patrones y estrategias rentables en datos históricos no demuestra que exista capacidad predictiva real. Como he empezado diciendo en el artículo: una estrategia puede funcionar extraordinariamente bien ex post y no aportar ninguna evidencia de que vaya a funcionar ex ante.

Podemos hacer análisis técnico sobre una moneda

Podemos hacer un experimento muy sencillo que consiste en generar cientos de miles de series temporales mediante lanzamientos aleatorios de moneda y seleccionar aquellas que dibujan patrones clásicos del chartismo. Sobre esas series se construyen sistemas con backtests aparentemente extraordinarios.

Para construir esta serie de precios sintética, podemos usar un paseo aleatorio elemental:

P sub t más 1 igual a P sub t más épsilon sub t más 1; la probabilidad de que épsilon sub t más 1 valga 1 es igual a la de que valga menos 1, y ambas son un medio.

Aquí, cada incremento de precio viene determinado por un lanzamiento independiente. Por construcción, la trayectoria pasada no aporta información sobre la dirección del siguiente movimiento. Y, sin embargo, encontraremos tendencias, dobles techos, triángulos, canales y soportes. Basta generar suficientes series y escoger las que mejor encajan en la figura que queremos mostrar.

Podemos ir un paso más allá en el experimento y mantener el mismo número de caras y cruces, pero cambiar su orden. Con idéntico balance de movimientos positivos y negativos pueden aparecer dibujos completamente distintos. El patrón visual depende de la trayectoria realizada; no acredita, por sí mismo, ninguna ventaja para predecir la siguiente observación.

Es cierto que las cotizaciones reales no tienen por qué comportarse como esta moneda. Puede existir momentum, mean reversion o dependencia temporal en ciertas variables. El experimento no refuta esas posibilidades. Lo que refuta es el razonamiento «reconozco esta figura, luego tiene capacidad predictiva». La geometría de un gráfico no está ni cerca de ser evidencia estadística.

Meme: un gráfico de velas de ALGO sobre el que alguien ha dibujado un dinosaurio que sigue sus máximos y mínimos, con el texto en inglés «According to this analysis, ALGO will soon bounce back» («Según este análisis, ALGO rebotará pronto»).

«Pero yo gano dinero»: ¿alpha o pura varianza?

«Yo llevo años ganando dinero con análisis técnico». Perfecto. ¿Y eso qué demuestra exactamente? Si observamos a 100.000 traders, algunos pueden encadenar cinco, ocho o incluso diez años de beneficios por pura variabilidad de los resultados. Si solo miramos a los ganadores e ignoramos a quienes aplicaron métodos similares y perdieron, estamos incurriendo en sesgo de supervivencia. Una trayectoria espectacular no basta para demostrar que el método tenga capacidad predictiva.

Y hay otra confusión: rentabilidad no es sinónimo de alpha. Se puede ganar simplemente por estar expuesto a un mercado (beta), o registrar beneficios excepcionales por azar aunque la estrategia no tenga ventaja. Pueden existir sistemas rentables y reglas que funcionen durante ventanas concretas. Sin embargo, mostrar ganancias —por prolongadas que sean— no constituye, por sí solo, una prueba de ventaja persistente. Que alguien haya ganado no demuestra que el análisis técnico sea la causa.

Finanzas cuantitativas: si fuera tan sencillo, ¿para qué tantos quants?

Si cuatro líneas sobre un gráfico ofrecieran una ventaja sistemática, replicable y escalable, ¿para qué necesitarían las grandes firmas equipos enteros de matemáticos, estadísticos, físicos e ingenieros?

El nivel del talento que contratan bancos, hedge funds y firmas de trading da una idea de la dificultad del problema. Si bastara con dibujar líneas sobre un gráfico no necesitarían pagarles millonadas a sus empleados, ni recurrir a ganadores de las Olimpiadas Internacionales de Matemáticas.

Dicen que los mercados financieros son la forma más difícil de ganar dinero fácil, y ponerse a colorear gráficos no es la forma.

Artículo divulgativo; no constituye asesoramiento de inversión.

Fuentes

  1. Aronson, D. R. (2007). Evidence-Based Technical Analysis: Applying the Scientific Method and Statistical Inference to Trading Signals. John Wiley & Sons.
  2. López de Prado, M. (2018). Advances in Financial Machine Learning. John Wiley & Sons.
  3. Bajgrowicz, P. y Scaillet, O. (2012). Technical trading revisited: False discoveries, persistence tests, and transaction costs. Journal of Financial Economics, 106(3), 473–491.
  4. Lo, A. W., Mamaysky, H. y Wang, J. (2000). Foundations of Technical Analysis: Computational Algorithms, Statistical Inference, and Empirical Implementation. The Journal of Finance, 55(4), 1705–1765.
  5. Cont, R., Kukanov, A. y Stoikov, S. (2014). The Price Impact of Order Book Events. Journal of Financial Econometrics, 12(1), 47–88.
Compartir
Recibe lo mejor de FG en tu correo