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Mercado y Bolsa

Por qué Google pide prestado justo cuando la bolsa le da la espalda

Lunes 2 de noviembre, primera hora de la mañana en Londres. Tres grandes bancos, Barclays, BNP Paribas y Deutsche Bank, abren el libro de órdenes de una emisión de bonos de Alphabet, la matriz de Google. La empresa quiere que le presten 6.000 millones de euros. Los inversores ofrecen casi el triple: más de 17.000 millones.

Sería una buena noticia si no fuera por la fecha. Cuatro días antes, Alphabet había vivido el peor día de su historia en bolsa. Sus acciones cayeron cerca de un 13% y la empresa perdió unos 475.000 millones de dólares de valor en una sola sesión. Solo Nvidia ha perdido más en un día. Y al día siguiente, el precio de asegurarse contra un impago de Google marcó su máximo histórico. Los accionistas huían y los prestamistas hacían cola. Y hay un detalle que lo vuelve todavía más raro: la empresa que pedía dinero tenía, a finales de septiembre, más de 265.000 millones de dólares en caja e inversiones. ¿Por qué se endeuda alguien con semejante colchón?

De máquina de dinero a empresa de infraestructuras

Nadie duda de que Google pueda pagar. Lo que está cambiando es lo que Google es. Durante veinte años ganó dinero sin apenas necesitar fábricas, máquinas ni edificios. Ahora se está convirtiendo en algo parecido a una empresa de infraestructuras, y los mercados le están poniendo precio a ese cambio. Para entenderlo hay que volver al informe de resultados que desató el pánico. Lo curioso es que el informe era bueno. Entre julio y septiembre, Alphabet ingresó 127.600 millones de dólares, un 25% más que un año antes, y su negocio en la nube duplicó ventas. Pero la bolsa no compra trimestres, compra expectativas.

El beneficio se hundió por una pérdida de 8.700 millones en sus inversiones en otras empresas, sobre todo en SpaceX. Era una pérdida sobre el papel: Alphabet no había vendido nada, solo anotaba que esas acciones valían menos. Tres meses antes había pasado lo contrario, y las subidas de SpaceX y Anthropic le habían regalado unos 99.000 millones de beneficio. Los inversores no se emocionaron entonces ni se asustaron ahora por eso. Lo que de verdad les preocupaba eran otras dos cosas: la búsqueda y la caja.

Los números que preocupan a los inversores

Empecemos por la búsqueda, el negocio que paga todo lo demás. Facturó unos 63.000 millones cuando se esperaban 65.000. Parece poca diferencia, pero el motivo inquieta. Google está metiendo inteligencia artificial en su buscador, y su consejero delegado, Sundar Pichai, lo admitió con franqueza: primero quieren la mejor experiencia y después ya verán cómo ganar dinero con ella. De momento, las búsquedas con IA dejan menos dinero que las de toda la vida. ¿Por qué arriesgarse? Porque la alternativa puede ser peor. En 1975, un ingeniero de Kodak construyó la primera cámara digital. La empresa vivía de vender carretes, tardó demasiado en apostar por su propio invento y en 2012 quebró. El profesor de Harvard Clayton Christensen llamó a esto el dilema del innovador: los líderes protegen su negocio más rentable hasta que otro se lo come. Google ha decidido comerse a sí misma antes de que lo haga otro. El problema es que, mientras dura el cambio, tiene que pagar dos modelos a la vez.

La segunda preocupación es la caja. Durante años, Google fue una máquina de hacer dinero casi sin gastar. Atender una búsqueda más no costaba prácticamente nada, así que el dinero sobraba. Tanto, que lo devolvía a sus accionistas recomprando sus propias acciones: 11.500 millones de dólares solo en el tercer trimestre de 2025. En el mismo trimestre de este año no ha recomprado ni una. Todo ese dinero se ha ido a servidores y centros de datos: 51.400 millones en tres meses, más del doble que hace un año. Es lo que los analistas llaman capex, la inversión en cosas físicas. Si a la caja que genera el negocio le restas esa inversión, te queda el flujo de caja libre, el dinero que de verdad sobra. A Google, por segundo trimestre seguido, no le ha sobrado nada. Y este año piensa invertir unos 200.000 millones, con la promesa de gastar bastante más en 2027.

Para pagar la obra, Alphabet ha salido a pedir dinero por medio mundo: este año ha emitido bonos en siete monedas distintas. En febrero se permitió incluso una rareza, un bono a cien años. Quien lo compró no recuperará su dinero hasta 2126. En junio hizo algo todavía más llamativo: anunció una ampliación de capital de 80.000 millones, es decir, emitió acciones nuevas para captar dinero, justo lo contrario de recomprarlas.

Por qué prestamistas y accionistas ven diferente

Ahora sí, la escena de Londres cobra sentido. Accionistas y prestamistas no ven a Google de forma distinta; simplemente se hacen preguntas distintas. Prestarle dinero es como alquilar tu piso a alguien con un sueldo enorme: te da igual si su próximo proyecto sale bien, solo quieres que pague a fin de mes. Y Google paga de sobra. Ser accionista, en cambio, es ser su socio. Al socio sí le importa cuánto rendirá cada dólar enterrado en centros de datos, y esa pregunta todavía no tiene respuesta. Esto no quiere decir que los prestamistas estén del todo tranquilos. Su nerviosismo se mide con los CDS, una especie de seguro que paga si una empresa no devuelve su deuda. El viernes, asegurar la deuda de Google llegó a costar casi un 1% al año. Parece poco, pero nunca había costado tanto.

Además, el colchón es menos mullido de lo que parece. De esos 265.000 millones, unos 90.000 son acciones de otras empresas, sobre todo de SpaceX, que no siempre se pueden vender cuando uno quiere. Y enfrente, Google ha firmado compras de servidores, chips y energía por más de 900.000 millones para los próximos años. Ahí está la respuesta a la pregunta del principio: Google pide prestado para no tener que elegir entre su colchón y su obra.

Los prestamistas, por cierto, saben distinguir dentro de la familia. En octubre, Waymo, la filial de coches autónomos de Google, consiguió un préstamo de 5.000 millones sin el respaldo de su matriz, pero pagando un interés mucho más alto. Mismo apellido, precios muy distintos: uno para la máquina que ya funciona y otro para la promesa que todavía tiene que demostrar su negocio.

Precedentes históricos de apuestas fallidas

¿Significa todo esto que Google va camino de una crisis? No necesariamente. Su negocio en la nube tiene contratos firmados por valor de 560.000 millones de dólares pendientes de cobrar, y más de la mitad debería convertirse en ingresos en dos años. Además, es cada vez más rentable: de cada 100 dólares que factura, ya le quedan 36 de beneficio operativo, frente a 24 hace un año. Sin embargo, la grieta está en quién firma algunos de esos contratos. Google es accionista de Anthropic, y esta es uno de los grandes clientes de su nube. El circuito es curioso: Google invierte en Anthropic, Anthropic gasta en la nube de Google y, si Anthropic se revaloriza, Google anota esa subida como beneficio. Nada de esto es secreto, pero obliga a preguntarse qué parte de esa demanda es realmente independiente de Google.

La historia tiene precedentes, y no todos tranquilizan. En la Gran Bretaña de la década de 1840, la fiebre del ferrocarril llenó el país de vías y arruinó a muchos de los que las financiaron. A finales de los noventa, las telecomunicaciones tendieron tanta fibra óptica que buena parte pasó años sin usarse, y empresas como WorldCom quebraron. Los trenes acabaron circulando e internet llegó a todas partes, pero quienes pagaron las obras no siempre cobraron. Google tiene algo que aquellos pioneros no tenían: clientes con contratos firmados y un negocio que sigue dando dinero. Su riesgo es menos dramático que una quiebra y quizá más probable: que cada dólar invertido en hormigón rinda mucho menos que los que antes invertía en código.

Durante veinte años, invertir en Google fue apostar por una empresa que no necesitaba a nadie. Hoy necesita a sus prestamistas, a sus nuevos accionistas y que la inteligencia artificial dé tanto dinero como prometen sus contratos. La bolsa ya le ha cobrado esa dependencia. Los prestamistas, de momento, le siguen fiando. Y quien compró el bono a cien años tiene tiempo de sobra para ver quién tenía razón.

Fuentes

  1. Alba, D. (2026, 29 de octubre). Alphabet's AI risk extends beyond $1 trillion, filing shows. Bloomberg.
  2. Alphabet Inc. (2026a, 28 de octubre). Alphabet announces third quarter 2026 results. Alphabet Investor Relations.
  3. Alphabet Inc. (2026b, 29 de octubre). Informe trimestral (Formulario 10-Q) del periodo cerrado el 30 de septiembre de 2026. Alphabet Investor Relations.
  4. Blikre, J. (2026, 30 de octubre). Alphabet loses $475 billion in market value, the biggest drop in its history. Yahoo Finance.
  5. Bloomberg News. (2026, 2 de noviembre). Alphabet kicks off sale of its second euro bond this year. Bloomberg.
  6. Christensen, C. M. (1997). The innovator's dilemma: When new technologies cause great firms to fail. Harvard Business School Press.
  7. Pichai, S. (2026, 28 de octubre). Q3 2026 earnings call: Remarks from our CEO. Google.
  8. Ranasinghe, D., Mehraj, A. y Bahceli, Y. (2026, 2 de noviembre). Alphabet kicks off euro bond sale, tests appetite for tech debt. Reuters, publicado en The Globe and Mail.
  9. Roytburg, E. (2026, 22 de julio). Anthropic and SpaceX just handed Google the biggest profit quarter in company history—on paper. Fortune.
  10. Varghese, H. M. y Stempel, J. (2026, 1 de junio). Alphabet plans to raise $80 billion for AI goals, Berkshire to invest $10 billion. Reuters, publicado en Yahoo Finance.
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