ÚLTIMA HORA
Cargando cotizaciones en vivo…
← Volver

Dos pájaros de un tiro: cooperación internacional en el mercado de divisas

Japón y Estados Unidos intervinieron juntos para frenar la peor caída del yen en casi 40 años. Analizamos por qué lo hizo Washington y qué ganaba con ello

El yen japonés lleva más de una década perdiendo valor, pero 2026 está siendo especialmente duro. A finales de julio llegaron a hacer falta 164 yenes para comprar un dólar, el peor nivel desde 1986. Japón llevaba meses comprando su propia moneda para frenar la caída, con un éxito más bien limitado, hasta que el 31 de julio pasó algo que no se veía desde hacía casi 30 años: Estados Unidos se sumó a la compra de yenes. Cuatro días más tarde, bastaban 155 yenes para comprar ese mismo dólar.

Que Japón defienda su moneda no tiene nada de extraño; es lo que haría cualquier país en su situación. Lo llamativo es que se sumara EE. UU., un país que lleva décadas defendiendo que los tipos de cambio los fija el mercado. Para explicarlo hay dos versiones: la oficial, que es cierta pero incompleta, y otra bastante más realista.

La intervención

La operación se ejecutó entre el 30 y el 31 de julio y, aunque se presentó como una acción conjunta, la participación fue muy desigual. Japón puso la práctica totalidad del dinero: unos 85.000 millones de dólares solo en los dos primeros días según Goldman Sachs, su mayor intervención puntual desde el terremoto de 2011, y unos 97.000 millones hasta el 26 de agosto. La aportación estadounidense fue mucho menor y, a día de hoy, sigue sin confirmarse (unas notas del secretario del Tesoro, Scott Bessent, apuntaban a entre 5.000 y 10.000 millones de dólares).

Su peso, por tanto, fue más simbólico que económico. Era la primera vez desde 1998 que Washington y Tokio defendían juntos el yen. La forma tampoco fue la habitual: el Tesoro de EE. UU. compró los yenes con euros, y sin la aprobación previa del Banco Central Europeo.

La versión oficial

La explicación pública se apoya en tres argumentos, todos ellos razonables. El primero es la estabilidad en los mercados: Bessent defendió que la operación frenó movimientos «desordenados» del yen y que la moneda japonesa estaba claramente infravalorada (CNBC, 2026). El segundo es el riesgo de contagio, ya que muchas monedas asiáticas siguen de cerca al yen y, como recordó el propio Bessent, la crisis asiática de los noventa empezó precisamente con una caída brusca de la moneda japonesa. El tercero es el comercio: un yen barato abarata los productos japoneses y empeora el déficit comercial estadounidense, una de las grandes preocupaciones de Donald Trump.

La otra versión: los bonos del Tesoro

Para entender la segunda explicación nos basta con un dato: Japón es el mayor acreedor extranjero de Estados Unidos.

Tenedores extranjeros de bonos del Tesoro de EE. UU. en julio de 2026, en billones de dólares: Japón 1,10; Reino Unido 1,00; China 0,62; Bélgica 0,47; Islas Caimán 0,46; Luxemburgo 0,44; Canadá 0,43; Irlanda 0,35

Para defender el yen, Japón necesita comprarlo con dólares, y la forma más rápida de conseguirlos es vender esos bonos estadounidenses que ya tiene. Si lo hiciese a gran escala, los precios de los bonos caerían, su rentabilidad subiría y a EE. UU. le saldría más caro endeudarse, justo cuando el bono estadounidense a 30 años ya ha superado el 5%.

Con esto en mente, podemos empezar a entender la verdadera razón de la operativa estadounidense. En primer lugar, pagar con euros permitía ayudar al yen sin presionar los activos en dólares, empezando por los bonos del Tesoro. En segundo lugar, hemos de tener en cuenta que los inversores japoneses llevaban décadas comprando deuda de Estados Unidos en busca de mayores rentabilidades, debido a que los tipos domésticos eran casi nulos. Si el Banco de Japón siguiese subiendo los tipos, parte de ese dinero volvería a casa (dejando de comprar tanta deuda americana en el proceso), y lo haría justo cuando las grandes tecnológicas están emitiendo deuda como nunca para financiar la inteligencia artificial.

La operación recuerda, salvando las distancias, al Acuerdo del Hotel Plaza de 1985, cuando EE. UU. y sus aliados se pusieron de acuerdo para depreciar un dólar demasiado apreciado. La escala hoy es mucho menor, pero los intereses vuelven a coincidir. A Tokio, un yen más fuerte le abarata la energía y los alimentos, y le quita prisa para subir tipos (con el riesgo de frenar su economía); para Washington, disminuye el riesgo de una venta masiva de sus bonos, y le da un dólar algo más competitivo. En vez de ser un favor unilateral a un aliado, la operación fue en beneficio mutuo.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí?

Yenes por dólar, media trimestral, de 1971 a 2026: 360 yenes al acabar el tipo fijo en 1971, caída tras el Acuerdo del Plaza de 1985, mínimo de 76,6 yenes en octubre de 2011, subida desde la llegada del Abenomics en 2012 hasta 164 yenes en julio de 2026

El yen tocó su máximo en 2011 y empezó a debilitarse a finales de 2012 con la llegada del Abenomics, el programa económico del entonces primer ministro Shinzo Abe. Desde entonces ha perdido terreno casi sin pausa, llegando hasta su nivel más bajo desde 1986.

La causa principal es la diferencia de tipos de interés: aunque el Banco de Japón los ha subido seis veces desde 2024, siguen entre 250 y 275 puntos básicos por debajo de los estadounidenses. Esto alimenta el conocido carry trade (pedir prestado en yenes, que sale barato, para invertir donde se paga más), además de causar que el ahorro de los hogares japoneses se invierta en activos extranjeros fuera del país, con mayor rentabilidad.

En 2026, la caída se ha ido acelerando. Takaichi ganó las elecciones de febrero prometiendo más gasto y ahora propone, además, una rebaja del impuesto sobre el consumo de los alimentos (medidas que probablemente aumentarán la deuda).

La solución obvia sería subir los tipos de interés rápidamente, pero Japón está atrapado por su deuda. El ratio de deuda a PIB supera el 200%, y casi la mitad de ella está en manos del Banco de Japón. El presupuesto de 2026 ya dedica 31,3 billones de yenes a pagarla (una cuarta parte del gasto total). Con tipos bajos, el yen se debilita y encarece la energía y la comida importadas; con tipos altos, repagar la deuda se vuelve mucho más caro. Por eso la intervención no basta: ataca el síntoma, pero deja intacta la causa.

¿Quién gana y quién pierde?

Un yen débil no es una mala noticia para todo el mundo. Las grandes empresas exportadoras y el turismo son los claros ganadores: Toyota calcula que un yen débil le añade 480.000 millones de yenes al beneficio operativo de este año, y julio fue un mes récord para el turismo internacional.

Los hogares, en cambio, salen perdiendo, aunque empiezan a sentir el alivio. Japón importa casi toda su energía y buena parte de su comida, y este año han subido de precio miles de alimentos. Sin embargo, tras cuatro años de caídas, los salarios reales llevan ocho meses creciendo, con subidas del 2,4% en julio y del 1,5% en agosto.

Los mercados, por su parte, están en una posición delicada. Los inversores extranjeros poseen casi el 35% de la bolsa japonesa y podrían empezar a vender rápidamente si el yen se vuelve imprevisible. El riesgo, además, funciona en las dos direcciones: si el yen se dispara, quienes se endeudaron en yenes tienen que vender lo que compraron para devolver el préstamo. Ya pasó en agosto de 2024, cuando la bolsa de Tokio cayó un 12,4% en un solo día.

Por último, el Banco Central Europeo ha sido un simple espectador de la operación. El euro perdió algo más de un 3% frente al yen en los días siguientes a la operación y, aunque a finales de agosto ya volvía a superar los 185 yenes, en septiembre volvió a bajar y hoy ronda los 177.

Yenes por euro, cierre diario, del 7 de octubre de 2025 al 9 de octubre de 2026: 187,3 el 30 de julio, 181,3 el 4 de agosto tras la intervención del 31 de julio, una caída del 3,2 %, y 177,2 el 9 de octubre

Conclusión

Desde mi punto de vista, la operación fue una masterclass de cooperación internacional entre dos países con un doble objetivo, pero que ha confirmado que la depreciación de la moneda de un aliado comercial como Japón ha dejado de ser un problema aislado para convertirse en un asunto de estabilidad financiera global.

Sin embargo, mientras Japón no resuelva el reto de subir sus tipos de interés sin frenar su economía y, a la vez, reducir su nivel de deuda, y mientras EE. UU. siga necesitando tanto dinero prestado, auguro que los dos países volverán a encontrarse en la misma situación en muy poco tiempo.

Compartir
Recibe lo mejor de FG en tu correo