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El bienestar como lujo: cómo la salud se ha convertido en un símbolo de estatus

La industria del bienestar ha experimentado en los últimos años un crecimiento exponencial, impulsado por el gasto de los consumidores en bienes y servicios relacionados con la salud que rozan el mercado del lujo. Desde gimnasios y spas de alta gama, hasta suplementos respaldados por celebridades, todo apunta a que este mercado seguirá expandiéndose. En la actualidad, el mercado global del bienestar alcanza los 2 billones de dólares, y se espera que continúe creciendo. Según McKinsey, este sector crece a un ritmo anual del 4 al 5 %, lo que implica un aumento de entre 80.000 y 100.000 millones de dólares al año. Las generaciones millennial y Gen Z concentran alrededor del 40 % del gasto en bienestar, lo que sugiere que la demanda no solo persistirá, sino que probablemente se acelerará a medida que estas generaciones envejezcan y aumente su poder adquisitivo.

Esta industria se ha expandido a prácticamente todos los aspectos de nuestra vida cotidiana, a través de una amplia gama de bienes y servicios. Actividades que antes eran sencillas y estaban orientadas al autocuidado o a la salud pública, como el ejercicio, la nutrición, el sueño o incluso la prevención médica, están siendo cada vez más controladas por empresas privadas que ofrecen soluciones premium. Además, muchas de estas compañías proponen remedios para problemas que los consumidores no sabían que tenían. Por ejemplo, el concepto de desequilibrio hormonal ha dejado de considerarse una condición médica que requiere diagnóstico y tratamiento, para reformularse como un problema cotidiano y universal que puede resolverse fácilmente mediante el consumo de bienes.

En lo que respecta a los servicios, los gimnasios de lujo, los estudios boutique de fitness y los entrenadores personales redefinen la actividad física y la recuperación como experiencias cuidadosamente diseñadas, en lugar de necesidades funcionales. Las elevadas tarifas garantizan exclusividad, mientras que instalaciones, tipo spa o programas personalizados, se utilizan para justificar sus precios premium.

En cuanto a los bienes, la lógica es similar, y la variedad de productos que conforman este mercado parece prácticamente infinita. Desde relojes inteligentes que cuantifican el sueño, el estrés o la recuperación y convierten las funciones corporales en datos, hasta suplementos nutricionales comercializados por influencers o celebridades, los productos de bienestar se venden cada vez más a precios muy superiores a los de sus equivalentes genéricos o farmacéuticos. En teoría económica, estos bienes podrían considerarse bienes Veblen, es decir, bienes de lujo cuya demanda aumenta a medida que sube su precio, desafiando la ley estándar de la demanda. Este concepto, tradicionalmente asociado a ámbitos como la moda y la belleza y sectores como el del automóvil o el inmobiliario, parece estar extendiéndose ahora al del bienestar. A través de estos productos premium, los consumidores sienten que pueden tomar el control de su propia salud, una función históricamente reservada a médicos y profesionales sanitarios.

Un ejemplo de ello son las mascarillas faciales LED, dispositivos portátiles recubiertos de diodos emisores de luz que se comercializan por sus supuestos beneficios, como la reducción de líneas de expresión, el aumento de la producción de colágeno, la disminución de brotes de acné o incluso el retraso del envejecimiento. Sin embargo, lo más llamativo de estas mascarillas no es la extensa lista de beneficios que se les atribuyen, sino su precio, que suele partir de los 300 dólares y puede alcanzar los 2.000, como ocurre con la mascarilla Cellreturn, cuyo coste asciende a 2.350 dólares. Aunque la eficacia de la terapia con luz roja ha sido respaldada por numerosos estudios, los resultados de los tratamientos domésticos difieren notablemente de los obtenidos en entornos clínicos, especialmente por las diferencias en la cantidad de energía aplicada. Según los expertos, aunque los tratamientos en casa pueden aportar ciertos beneficios, estos suelen ser limitados y, para evitar efectos adversos, es preferible someterse a tratamientos supervisados. Por ello, pese al auge de este mercado, resulta cuestionable si estos dispositivos justifican realmente el precio que los consumidores están pagando.

De forma similar, en el ámbito del fitness, más allá de servicios premium como entrenadores personales o membresías de gimnasio de 400 dólares, existe un mercado creciente de accesorios deportivos de alto precio. Un ejemplo son las Bala Bangles, una versión rediseñada de las pesas portátiles tradicionales, con materiales más suaves y un diseño minimalista, que se venden a partir de 55 dólares por un peso de medio kilo, o una libra. Existen numerosas alternativas en el mercado por tan solo 5 dólares y, aún así, muchos consumidores optan por pagar estos precios elevados. No solo por su calidad percibida, sino también porque funcionan como símbolos de estatus, una forma de proyectar una imagen de riqueza.

Este fenómeno guarda una estrecha relación con el llamado efecto pintalabios, conocido en inglés como Lipstick Effect, un término acuñado en 2001 por Leonard Lauder, presidente de Estée Lauder. Su hipótesis sostiene que, en contextos de crisis económica o recesión, los consumidores tienden a reducir el gasto en grandes compras, pero mantienen o incluso aumentan el consumo de pequeños lujos, como una barra de labios de Estée Lauder. Lauder formuló esta teoría tras observar que las ventas de pintalabios de su empresa aumentaron después de los atentados del 11 de septiembre. En este sentido, los productos de bienestar funcionan cada vez más como pequeños lujos resistentes a las recesiones, a los que las personas recurren en momentos de incertidumbre, reproduciendo patrones observados en crisis económicas anteriores.

Además, esta lógica de transformar herramientas básicas en bienes premium también afecta a la ropa deportiva, con la aparición del concepto de athleisure, un término anglosajón que combina athletic y leisure, es decir, deporte y ocio, y que define un estilo que fusiona prendas deportivas y ropa informal. Actualmente existen numerosas marcas que se alinean con esta tendencia, como Lululemon, Alo o Skims. Esta última ha reforzado su vínculo con el mundo del fitness a través de su reciente colaboración con Nike, con leggings que superan ampliamente los 100 dólares. Vestir ropa deportiva premium se ha convertido así en una forma de señalización social, comparable al papel que ha desempeñado el bolso Birkin durante décadas.

En la intersección entre bienestar y lujo se sitúan también las casas de moda tradicionales, que están integrándose cada vez más en la industria del bienestar mediante productos y experiencias premium. Un ejemplo claro es la nueva línea de yoga de Hermès, que incluye sudaderas de 3.200 dólares o camisetas de 1.025 dólares. Más allá de los productos, muchas de estas firmas están ampliando su oferta hacia experiencias de bienestar de lujo, como el retiro de belleza de Dior en el aeropuerto de Doha, que ofrece tratamientos faciales de una hora por 385 dólares. Estos precios elevados mantienen la exclusividad y refuerzan aún más la idea del bienestar como identificador de clase.

Al enmarcar la salud como una inversión en uno mismo, el bienestar se presenta cada vez más como una elección personal. Sin embargo, no todas las personas tienen la misma capacidad para participar en esta tendencia. Dado que los productos de bienestar se comportan como bienes Veblen, su valor reside precisamente en el acceso desigual. Si el bienestar actúa como una señal de estatus, la falta de acceso también transmite un mensaje. Esto genera jerarquías implícitas entre individuos, ya que los mercados no solo distribuyen bienes, también estatus y sentido de pertenencia. Esta estratificación económica refleja las crecientes desigualdades entre los grupos de renta alta y baja. Esto resulta especialmente pertinente en países como Estados Unidos, donde el elevado coste de la sanidad ya limita el acceso de muchas personas a los tratamientos médicos que necesitan.

Por último, otro efecto del auge del mercado del bienestar es el cambio en nuestra propia definición de salud. Las grandes corporaciones, impulsadas en parte por las redes sociales, están configurando qué significa estar sano. La atención sanitaria se vuelve cada vez más medible y consumible, lo que provoca que los estándares de salud aumenten al ritmo del poder adquisitivo. Lo que para una clase social es básico, para otra se convierte en un lujo.

Esta dinámica refuerza la estratificación sin excluir explícitamente a determinados grupos sociales. Como resultado, se configura una economía del bienestar de dos niveles. En el primero se sitúa la sanidad pública universal, centrada en el tratamiento de problemas médicos concretos. En el segundo se encuentra un mercado creciente de bienestar privado, caracterizado por gimnasios de lujo, sueros intravenosos y otros servicios premium, orientados a la prevención y la mejora, pero que siguen siendo caros e inaccesibles para la mayoría. No obstante, este fenómeno también puede tener implicaciones positivas. Quienes pueden permitirse servicios privados de bienestar dependen menos de los sistemas públicos de salud, lo que podría contribuir a aliviar su saturación. Aun así, este posible alivio se produce dentro de un contexto de divisiones estructurales de riqueza cada vez más profundas.

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