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El Nuevo Eje Atlántico

El fin de la Segunda Guerra Mundial dio origen al llamado Eje Atlántico, una alianza entre Europa occidental y Estados Unidos que durante décadas constituyó uno de los pilares del orden internacional. La segunda presidencia de Donald J. Trump, en línea con la estrategia de su primer mandato, mantiene una política proteccionista con un discurso crítico hacia el multilateralismo y más concretamente hacia la Unión Europea, a la que acusa de haber sido creada para perjudicar comercialmente a Estados Unidos y de no asumir sus compromisos en materia de defensa.

La imposición de aranceles del 30 % a los productos europeos tensó gravemente las relaciones transatlánticas, aunque durante la reunión en Escocia el pasado julio, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, y el presidente Trump acordaron rebajar los aranceles a un 15 %, exceptuando sectores estratégicos como el acero y el aluminio que siguen manteniendo unos aranceles más elevados. A cambio, Europa se comprometió a incrementar sus inversiones en el territorio estadounidense, así como aumentar las compras de energía y armamento americano, en aras de evitar una guerra comercial prolongada.

Pese a ello, el clima de fricción persiste. Las amenazas de endurecer aún más los aranceles a sectores clave, las críticas al gasto europeo en defensa o las recientes maniobras diplomáticas de Washington, como su intento de influir en la situación política de Groenlandia, mantienen vivo el debate sobre la crisis del Eje Atlántico, que parecía haberse calmado tras el acuerdo de Escocia. No obstante, más que una ruptura, el Eje Atlántico vive una transformación profunda.

Un Eje Atlántico en redefinición

Lejos del colapso, el Eje Atlántico atraviesa una etapa de reajuste estratégico. En este contexto, la conexión entre Europa y América Latina se consolida como una opción prometedora con un amplio potencial de futuro. Frente a las tensiones con Washington, Bruselas puede reequilibrar su política exterior mirando hacia el sur del Atlántico. No se trata solo de una asociación comercial sino de construir una colaboración robusta entre ambas orillas del océano que sea capaz de afrontar los desafíos globales, desde la transformación digital y cooperación tecnológica hasta la resiliencia de las cadenas de suministro.

América Latina reúne características que la convierten en un socio natural para la Unión Europea. La región cuenta con abundantes recursos estratégicos, una población joven y un ecosistema innovador en expansión, además de vínculos históricos y culturales con varios estados miembros de la UE. Para Europa, fortalecer esta asociación no es solo una cuestión económica, sino una apuesta por la autonomía y la diversificación geopolítica en un mundo cada vez más fragmentado.

Las sinergias entre la Unión Europea y América Latina se apoyan en tres iniciativas clave: el Acuerdo UE-CELAC, centrado en fortalecer el diálogo político birregional; el Acuerdo UE-MERCOSUR, actualmente, el proyecto comercial más ambicioso entre ambos bloques y, por último, la Alianza Digital UE-ALC para impulsar la innovación, la inteligencia artificial y la cooperación científico-industrial. Estas iniciativas conforman una hoja de ruta integral en los ámbitos social, comercial y tecnológico, proyectando el Eje Atlántico hacia una asociación euro-latinoamericana más profunda.


España, actor clave en el nuevo Eje Atlántico

Si hay un país con legitimidad para liderar esta nueva etapa de la Unión Europea, con permiso de Portugal, es España. El idioma, los lazos culturales y el pasado histórico común convierten a los países ibéricos en un puente natural entre ambas regiones.

Mientras Europa redescubre el valor estratégico del Eje Atlántico, España ha actuado como nexo entre Europa e Hispanoamérica durante más de cinco siglos, combinando comercio, ciencia y cultura.

En 1503, los Reyes Católicos fundaron la Casa de Contratación de Indias, encargada de todo el comercio y las conexiones marítimas con los territorios americanos; diseñando las rutas y supervisando las flotas, lo que produjo que Sevilla se convirtiese en el principal centro logístico y financiero de las relaciones transatlánticas. Las actividades de la Casa de Contratación también fomentaron el desarrollo científico, formando pilotos, elaborando cartas náuticas, perfeccionando la cartografía y creando la primera cátedra de cosmografía del mundo.

En muchos sentidos, este modelo anticipaba la visión de asociación birregional que Europa y América Latina buscan hoy, combinando comercio, innovación y cooperación en seguridad en una relación orientada al desarrollo y al beneficio mutuo.

En las últimas décadas, España ha sabido adaptar ese papel histórico. Desde su ingreso en la Unión Europea, ha sido un defensor activo de la integración de América Latina en la agenda comunitaria. En el ámbito empresarial, las compañías españolas han consolidado una fuerte presencia en América Latina en sectores como la energía, las telecomunicaciones y las infraestructuras. Más recientemente, durante su Presidencia de la UE en 2023, España promovió una mayor cooperación y la consolidación de una alianza estratégica entre ambas regiones.

Diversificar para fortalecer

Ante la coyuntura geopolítica actual y el avance hacia un mundo multipolar caracterizado por la competencia tecnológica, la lucha por recursos estratégicos y las crecientes tensiones comerciales, Europa se necesita expandir sus alianzas y alcanzar acuerdos con otros actores globales.

En este contexto, América Latina emerge como un socio clave. La región ofrece oportunidades estratégicas en energía, materias primas críticas y cooperación en áreas como la innovación tecnológica, sostenibilidad y transformación digital. La consolidación e impulso de estos lazos puede contribuir significativamente a la construcción de una autonomía estratégica europea, reduciendo su vulnerabilidad ante interrupciones en el suministro y otros desafíos globales.

Un ejemplo concreto de los aspectos positivos de esta cooperación es el programa Copernicus, el sistema europeo de satélites de observación y monitorización de la Tierra. La creación de dos centros Copernicus en Chile y Panamá ilustra cómo una colaboración euro-latinoamericana puede generar beneficios tangibles y complementarios para ambas regiones: Europa se beneficia del acceso a datos más precisos de la región, lo que le permite mejorar sus aplicaciones satelitales y América Latina accede a una tecnología avanzada, fomentando su resiliencia frente a desastres naturales, mejorando la gestión de sus recursos naturales y propiciando nuevas oportunidades en ciencia e innovación.

Más que un final, el Eje Atlántico vive una transformación. Su centro de gravedad se desplaza hacia el sur, donde Europa y América Latina pueden construir una nueva alianza basada en la innovación, la sostenibilidad y el beneficio mutuo. España como mediadora natural, será clave para construir un espacio atlántico más fuerte, autónomo y cooperativo.

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