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Riesgo y volatilidad: una relación que merece ser entendida, no simplificada

En los mercados financieros, es común que los conceptos de riesgo y volatilidad se utilicen de manera indistinta. Esta asociación, aunque comprensible desde una óptica técnica, es una simplificación que puede inducir a errores importantes, tanto en el diseño de carteras como en la toma de decisiones individuales. Identificar volatilidad con riesgo ha sido uno de los pilares de la teoría financiera moderna, pero como veremos a lo largo de este artículo, esta equiparación merece ser cuestionada y, sobre todo, matizada.


Qué es la volatilidad y qué no es

Técnicamente, la volatilidad es una medida estadística que refleja cuánto varían los rendimientos de un activo en torno a su media histórica (desviación estándar). Es objetiva, observable y fácilmente cuantificable. Por eso ha sido adoptada de forma generalizada para la realización de cálculos en herramientas como el CAPM (Capital Asset Pricing Model) y la teoría moderna de carteras (MPT, por sus siglas en inglés), entre otros.

Su popularidad no es casual: permite comparar activos entre sí, construir carteras diversificadas y estimar rendimientos ajustados por “riesgo”. Pero esta aparente utilidad encierra una trampa conceptual: asumir que toda fluctuación es indeseada, y que un activo volátil es automáticamente arriesgado.

Esta lógica puede tener sentido en ciertos contextos, como en productos financieros con vencimientos definidos o necesidades de liquidez inmediatas, pero no capta el verdadero riesgo desde la perspectiva de un inversor de largo plazo. Si el precio de una acción fluctúa sin que haya cambiado el valor fundamental de la empresa, ¿hay realmente más riesgo?


El verdadero riesgo, según Benjamin Graham

Benjamin Graham, considerado el padre del análisis fundamental, ofreció una definición de riesgo radicalmente distinta a la habitual en la teoría financiera. Para él, el riesgo se manifestaba en tres posibles formas:

  • Una pérdida de valor que se realiza al vender en un mal momento

  • Un deterioro real en los fundamentos del negocio en el que se invierte

  • El pago de un precio excesivo en relación con el valor intrínseco del activo

Graham entendía el riesgo como algo profundamente ligado al comportamiento del inversor, al análisis de valor y al horizonte temporal. Bajo esta óptica, el simple hecho de que una acción baje de precio no implica un aumento del riesgo, salvo que el inversor se vea obligado a vender o que el negocio subyacente se haya deteriorado. En otras palabras, una caída o variación de precio no es lo mismo que una pérdida permanente de capital, algo que Graham sí consideraba como riesgo.

Este enfoque pone el foco en el juicio inversor, no en la estadística. Y subraya una idea clave: lo que verdaderamente debería preocuparnos no es la volatilidad momentánea, sino si logramos recuperar el capital invertido y alcanzar nuestros objetivos financieros.


Un caso paradigmático: la bolsa japonesa en 1990

Un ejemplo ilustrativo del problema de identificar riesgo con volatilidad lo encontramos en la bolsa japonesa a finales de los años 80. En ese momento, numerosos gestores internacionales, apoyándose en modelos como el CAPM, atribuían “bajo riesgo" al mercado nipón, al observar que sus acciones mostraban una baja volatilidad histórica en comparación con otros países desarrollados.

El razonamiento era sencillo, pero pasaron por alto un detalle fundamental: la extrema sobrevaloración de las acciones japonesas respecto a sus beneficios, valor contable e historia de precios. En 1990, el mercado se desplomó un 47 % en solo nueve meses. Las carteras construidas sobre el supuesto de que la volatilidad reciente garantiza cierta seguridad sufrieron fuertes pérdidas

Mientras tanto, otros mercados con igual o mayor volatilidad histórica, como el neerlandés o el australiano, sufrieron caídas mucho más moderadas. La lección es clara: un activo puede haber sido poco volátil en el pasado y aun así estar fuertemente expuesto a pérdidas si está sobrevalorado o su riesgo intrínseco no es percibido. El verdadero riesgo no estaba en los datos históricos, sino en el desfase entre precio y valor.


¿Significa esto que la volatilidad no sirve?

Rotundamente no. La volatilidad no debe ser descartada ni demonizada. Puede proporcionar información valiosa, especialmente sobre la tolerancia emocional del inversor a las fluctuaciones del mercado. De hecho, una parte importante del riesgo en la práctica viene del comportamiento humano: vender en pánico ante una caída o entrar en euforia ante una subida puede llevar a pérdidas reales, aunque el valor del activo no haya cambiado.

Además, la volatilidad es útil para gestionar carteras en función del perfil del cliente, establecer límites de exposición, o analizar fondos y productos dentro de categorías comparables. Incluso desde un punto de vista más conservador, saber que un fondo tiene una volatilidad elevada puede alertar al inversor de que ese vehículo tal vez no sea adecuado para su horizonte temporal o sus necesidades de liquidez.

Pero no debemos atribuirle poderes predictivos que no tiene. La volatilidad, al ser una medida retrospectiva, no nos dice nada definitivo sobre lo que ocurrirá. Tampoco distingue si las fluctuaciones se deben a causas estructurales o coyunturales, ni si el precio actual representa una oportunidad o una trampa de valor.


Una cuestión de matices

Por tanto, no se trata de caer en un juego de suma cero entre dos posturas extremas: “la volatilidad es igual al riesgo” o “la volatilidad no tiene nada que ver con el riesgo”. La realidad es más compleja.

La volatilidad puede ofrecernos información relevante sobre el tipo de viaje que implicará una inversión, pero no debe ser confundida con el destino. En ciertos casos, puede reflejar incertidumbre o inestabilidad; en otros, puede simplemente representar ruido de mercado o exageraciones emocionales.

Desde la óptica del inversor racional, entender cuándo la volatilidad está ofreciendo una señal legítima de deterioro y cuándo es solo una distorsión pasajera, es clave para aprovechar oportunidades. Muchos de los mejores retornos a largo plazo provienen de compras realizadas en momentos de alta volatilidad y baja valoración, cuando el consenso de mercado huye por miedo a la incertidumbre.

En definitiva, reducir el análisis del riesgo a una sola métrica estadística como la volatilidad es una simplificación útil, pero limitada. Una visión madura y profesional del riesgo exige tomar decisiones más informadas y construir carteras ajustadas no sólo a los números, sino también a la realidad de cada inversor. Como dijo Warren Buffett, “el riesgo viene de no saber lo que se está haciendo”. Entender la diferencia entre volatilidad y riesgo es, sin duda, un primer paso para saberlo

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