Fondos semilíquidos: estructura, expansión y desafíos de un vehículo en auge
Durante la última década, el interés por los activos alternativos ha crecido de manera considerable entre los inversores institucionales y de banca privada. En este contexto, los fondos semilíquidos han surgido como un vehículo intermedio entre los fondos abiertos tradicionales y las estructuras cerradas de los mercados privados. Su principal atractivo reside en la posibilidad de ofrecer acceso a estrategias de private equity, crédito privado, infraestructuras o inmobiliario, manteniendo al mismo tiempo una cierta capacidad de liquidez periódica. No obstante, el rápido crecimiento de este tipo de productos plantea interrogantes acerca de su funcionamiento, su estructura de costes y el grado en que pueden considerarse una solución adecuada dentro de carteras diversificadas.
Qué son y cómo funcionan los fondos semilíquidos
Los fondos semilíquidos son vehículos de inversión colectiva que combinan características de los fondos abiertos, como la posibilidad de solicitar reembolsos periódicos, con la naturaleza ilíquida de los activos de los mercados privados. En la práctica, se estructuran de manera que los partícipes puedan solicitar el reembolso de una parte limitada de su inversión, habitualmente entre un tres y un diez por ciento del patrimonio del fondo por trimestre, mientras el resto del capital permanece invertido en activos no cotizados a largo plazo.
Esta flexibilidad no proviene de un mercado secundario líquido, sino de un diseño que combina reservas de efectivo, flujos de caja internos y ventas selectivas de activos. Gracias a ello, el gestor puede atender solicitudes de reembolso sin comprometer la estabilidad de la cartera principal.
Existen distintas estructuras jurídicas que adoptan estos fondos. En el ámbito estadounidense destacan los interval funds, que están obligados a ofrecer ventanas de liquidez en fechas predefinidas, y los tender offer funds, en los que la gestora puede recomprar participaciones de forma discrecional o periódica. En Europa, la reforma del reglamento ELTIF 2.0 ha favorecido el desarrollo de vehículos con características similares, diseñados para facilitar el acceso minorista a activos reales. También existen estructuras públicas no cotizadas, como los non-traded REITs o los Business Development Companies (BDCs). En general, los interval funds tienden a concentrarse en crédito privado o activos de renta alternativa, mientras que los tender offer funds suelen estar más expuestos a private equity o real estate.
El formato semilíquido ofrece ventajas operativas frente a los fondos cerrados tradicionales. Entre ellas, reducen el llamado cash drag, es decir, el tiempo que transcurre entre el compromiso del inversor y la inversión efectiva, lo que mejora la eficiencia del capital. No obstante, estos fondos suelen mantener cierto nivel de liquidez inactiva para atender reembolsos, lo que implica un coste de oportunidad.
Crecimiento del mercado y proyecciones a futuro
El crecimiento reciente de los fondos semilíquidos ha sido notable tanto en número de vehículos como en volumen de activos gestionados. Según datos de Deloitte (2024), el número de fondos activos en este segmento ha pasado de 238 en 2020 a 455 en 2024, mientras que los activos bajo gestión han aumentado desde 126.000 millones de dólares hasta 349.000 millones en el mismo periodo. Además, la firma estima que, de mantenerse esta tendencia, el volumen podría superar los 4,1 billones de dólares en 2030, de los cuales cerca del 40 % corresponderían a inversores minoristas.

Detrás de este crecimiento pueden existir varios factores. En primer lugar, la prolongada etapa de tipos de interés bajos incentivó la búsqueda de fuentes alternativas de rentabilidad y descorrelación respecto a la renta variable y la renta fija tradicionales. Aunque es cierto que entorno actual de tipos más elevados ha moderado parte del atractivo de los activos privados, la demanda persiste por su capacidad de diversificación y su potencial de generación de rentas estables.
Por otro lado, el fortalecimiento del mercado secundario institucional ha reducido parcialmente el riesgo de iliquidez estructural, aunque su impacto sobre los fondos semilíquidos destinados a inversores minoristas sigue siendo limitado. El interés de los grandes inversores también ha actuado como motor de crecimiento. En España, por ejemplo, los institucionales destinan alrededor del 25 % de sus carteras a activos privados, según StepStone Group. Este movimiento ha impulsado el desarrollo de soluciones semilíquidas adaptadas a la banca privada, que ofrecen acceso a las mismas estrategias sin necesidad de asumir compromisos de capital a largo plazo.
Limitaciones, riesgos y valoración crítica
A pesar de su expansión, los fondos semilíquidos tienen limitaciones que deben entenderse antes de incorporarlos a cualquier cartera. El principal desafío es el desajuste de liquidez, dado que los activos subyacentes son de largo plazo mientras que los partícipes pueden solicitar reembolsos trimestrales. Este desajuste puede generar tensiones si se producen salidas significativas en periodos de estrés de mercado.
Otro aspecto importante es la valoración de los activos privados. Al carecer de cotización diaria, las gestoras deben recurrir a modelos internos o expertos externos. Según Deloitte, un 63 % de las firmas utiliza terceros para valorar inversiones en private equity y un 52 % para crédito privado. Esta dependencia introduce un componente de subjetividad y puede hacer que las valoraciones reflejen los cambios del mercado con cierto retraso.
Por otro lado, el talón de Aquiles de este tipo de activo son los costes operativos y las comisiones. Estos fondos suelen aplicar una comisión de gestión de entre el 1 % y el 2 % anual, junto con una comisión de éxito del 10 % al 15 % sobre la rentabilidad generada, además de gastos asociados a auditorías, servicios de valoración y mecanismos de liquidez. En conjunto, los costes totales pueden situarse entre el 2,5 % y el 3,5 % anual, lo que reduce su atractivo relativo frente a los fondos líquidos.
No obstante, a pesar de estas limitaciones, los fondos semilíquidos constituyen un avance relevante en la democratización del acceso a los activos alternativos. Su diseño permite equilibrar, al menos parcialmente, la rentabilidad esperada de los mercados privados con la flexibilidad que demandan los inversores modernos. No obstante, su utilidad dependerá del perfil de riesgo, del horizonte temporal y del grado de sofisticación del inversor. Es por ello que en una cartera diversificada, pueden actuar como un complemento estratégico, pero no como un sustituto de la liquidez tradicional proporcionada por otros activos tradicionales para el inversor minorista.
Over the past decade, interest in alternative assets has grown considerably among institutional and private banking investors. In this context, semi-liquid funds have emerged as an intermediate vehicle between traditional open-ended funds and closed-end private market structures. Their main appeal lies in the ability to provide access to strategies such as private equity, private credit, infrastructure, or real estate, while maintaining a certain degree of periodic liquidity. However, the rapid expansion of these products raises questions about their underlying mechanisms, cost structure, and the extent to which they can be considered a suitable solution within diversified portfolios.
What Semi-Liquid Funds Are and How They Work
Semi-liquid funds are collective investment vehicles that combine features of open-ended funds—such as the possibility of periodic redemptions—with the inherently illiquid nature of private market assets. In practice, they are structured so that investors may redeem a limited portion of their holdings, typically between three and ten percent of the fund’s net asset value per quarter, while the remainder remains invested in long-term, unlisted assets.
This flexibility does not stem from a liquid secondary market, but rather from a design that integrates cash reserves, internal cash flows, and selective asset sales. This structure enables managers to meet redemption requests without jeopardizing the stability of the core portfolio.
These funds may take different legal forms. In the United States, the most common structures are interval funds, which are required to offer liquidity windows at predefined dates, and tender offer funds, in which the manager may repurchase shares on a discretionary or periodic basis. In Europe, the reform of the ELTIF 2.0 regulation has encouraged the development of similar vehicles designed to facilitate retail access to real assets. There are also non-listed public structures, such as non-traded REITs and Business Development Companies (BDCs). In general, interval funds tend to focus on private credit or alternative income strategies, whereas tender offer funds are more often exposed to private equity or real estate.
The semi-liquid format offers operational advantages over traditional closed-end funds. Among them, it reduces what is known as cash drag—the time lag between an investor’s capital commitment and its effective deployment—which improves capital efficiency. However, these funds usually maintain a certain level of idle liquidity to meet redemption requests, which implies an opportunity cost.
Market Growth and Future Projections
The recent growth of semi-liquid funds has been remarkable, both in the number of vehicles and in assets under management. According to Deloitte (2024), the number of active funds in this segment increased from 238 in 2020 to 455 in 2024, while assets under management rose from USD 126 billion to USD 349 billion over the same period. Moreover, the firm estimates that, if the current trend continues, total assets could exceed USD 4.1 trillion by 2030, with approximately 40 percent coming from retail investors.

Behind this growth lie several structural factors. First, the prolonged period of low interest rates encouraged investors to seek alternative sources of return and diversification away from traditional equity and fixed income markets. Although the current environment of higher interest rates has somewhat moderated the appeal of private assets, demand remains resilient due to their diversification benefits and potential for stable income generation.
In addition, the strengthening of the institutional secondary market has partially reduced the structural illiquidity risk, although its impact on semi-liquid funds targeted at retail investors remains limited. The interest of large institutional investors has also acted as a key growth driver. In Spain, for example, institutions allocate around 25 percent of their portfolios to private assets, according to StepStone Group. This trend has spurred the development of semi-liquid solutions tailored to private banking clients, providing access to the same strategies without the need to commit long-term capital.
Limitations, Risks, and Critical Assessment
Despite their expansion, semi-liquid funds have certain limitations that must be understood before they are incorporated into any portfolio. The main challenge lies in the liquidity mismatch, since the underlying assets are long-term in nature while investors are allowed to request redemptions on a quarterly basis. This imbalance can create pressure if significant outflows occur during periods of market stress.
Another important aspect is the valuation of private assets. Because they are not traded on a daily basis, managers must rely on internal models or external experts. According to Deloitte, 63 percent of firms use third parties to value private equity investments, and 52 percent do so for private credit. This dependency introduces a degree of subjectivity and can cause valuations to lag in reflecting rapid market movements.
Furthermore, the Achilles’ heel of this type of vehicle lies in its operational costs and fees. These funds typically charge a management fee ranging from 1 to 2 percent annually, along with a performance fee of 10 to 15 percent on generated returns, in addition to expenses associated with audits, valuation services, and liquidity mechanisms. Overall, total costs can range between 2.5 and 3.5 percent per year, which reduces their relative appeal compared to liquid funds.
Nevertheless, despite these constraints, semi-liquid funds represent a meaningful step forward in the democratization of access to alternative assets. Their design allows investors to balance, at least partially, the expected returns of private markets with the flexibility demanded by modern portfolio construction. However, their usefulness will depend on the investor’s risk profile, time horizon, and level of sophistication. In a diversified portfolio, these funds can serve as a strategic complement, but not as a substitute for the traditional liquidity provided by more conventional asset classes for retail investors.