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Crédito privado: primero entiende el mecanismo, luego hazte las preguntas difíciles

Durante las últimas semanas han aparecido titulares que han despertado cierta inquietud entre los inversores. Fondos de crédito privado gestionados por grandes firmas como BlackRock, Morgan Stanley o Blue Owl han limitado reembolsos o restringido retiradas de capital. A primera vista, la noticia puede interpretarse como una señal de tensión en los mercados financieros. Cuando algunos de los mayores gestores del mundo empiezan a limitar las salidas de dinero, la reacción instintiva es pensar que algo no funciona y la gente de a pie comienza a hablar de “corralito”.


Sin embargo, en muchos casos la realidad es bastante menos dramática de lo que sugieren los titulares. Los fondos que han limitado reembolsos no están fallando. Están funcionando exactamente como fueron diseñados. Comprender esa distinción es importante, aunque no debería hacernos olvidar una pregunta más incómoda que también merece respuesta.

Para comprender lo ocurrido es necesario entender la naturaleza de los activos en los que invierten estos vehículos. Estos están especializados en crédito privado, un mercado que ha experimentado un crecimiento extraordinario durante las últimas dos décadas y que algunas proyecciones sitúan en torno a los 5 billones para finales de esta década. Esta clase de activo, basada en préstamos directos a empresas fuera de los mercados públicos, ha pasado de ser un nicho relativamente pequeño a convertirse en una de las áreas más dinámicas de la financiación corporativa.

Este desarrollo ha transformado parcialmente la arquitectura del sistema financiero. Tras la crisis financiera de 2008, la mayor regulación bancaria redujo la capacidad de los bancos tradicionales para conceder ciertos tipos de préstamos, especialmente en el segmento del middle market. En ese espacio han crecido gestoras especializadas que estructuran préstamos directos a empresas y financian operaciones que antes eran dominadas por la banca.

La diferencia fundamental es que estos activos no cotizan en mercados organizados. Un préstamo directo a una empresa privada no puede venderse en segundos como una acción o un bono público. Su negociación suele requerir procesos bilaterales y, en muchos casos, mantener la inversión hasta su vencimiento. Esta característica condiciona necesariamente la estructura de los fondos que invierten en ellos.

A diferencia de los fondos tradicionales con liquidez diaria, muchos vehículos de crédito privado están diseñados como estructuras semilíquidas. Los inversores pueden solicitar reembolsos en ventanas periódicas, normalmente trimestrales, pero con límites sobre el porcentaje del patrimonio que puede retirarse en cada periodo. Cuando las solicitudes de retirada superan ese umbral, los reembolsos se prorratean o se limitan temporalmente. No se trata de una suspensión inesperada, sino de un mecanismo previsto desde el inicio para evitar que el fondo tenga que liquidar activos ilíquidos de forma precipitada.

Precisamente eso es lo que ha ocurrido en algunos de los episodios recientes. El fondo de crédito privado de BlackRock gestionado por HPS recibió solicitudes de reembolso del 9,3% de su valor liquidativo neto, superando el límite trimestral del 5 % establecido en su estructura. Como consecuencia, el fondo devolvió parte del capital solicitado y prorrogó el resto para trimestres posteriores. Situaciones similares, aunque con respuestas distintas, se han producido en vehículos de Blackstone, Morgan Stanley y Blue Owl.


El contraste con los mercados cotizados es lo que suele generar confusión. En la renta variable o en los bonos públicos, la liquidez se percibe como algo permanente. El inversor puede comprar o vender en cuestión de segundos al precio que marque el mercado en ese momento. En los activos privados la lógica es distinta. La liquidez existe, pero está condicionada por la naturaleza de los activos subyacentes. No desaparece cuando aparecen tensiones, simplemente recuerda que nunca fue inmediata. No es un accidente de diseño; es el diseño.

Parte de la sorpresa que han generado estos titulares también tiene que ver con la transformación reciente del mercado de crédito privado. Durante muchos años este tipo de estrategias estuvo reservado casi exclusivamente a inversores institucionales. No obstante, en los últimos años, el acceso se ha ampliado hacia clientes de banca privada e inversores patrimoniales a través de estructuras semilíquidas diseñadas para ofrecer exposición a esta clase de activo. Cuando estos inversores, habituados a la liquidez diaria de los fondos tradicionales, se enfrentan por primera vez a los mecanismos propios de los mercados privados, la reacción puede ser de sorpresa, incluso cuando dichos mecanismos estaban claramente definidos desde el inicio.

Pero aquí es donde una lectura tranquilizadora podría resultar insuficiente. La activación de estos mecanismos puede ser técnicamente normal y, al mismo tiempo, sintomática de algo más profundo que merece atención. ¿Están las solicitudes de reembolso anticipando ciertos riesgos estructurales del sector?


Mi compañero Carlos Romero, en una columna reciente publicada en este mismo medio, apunta a riesgos estructurales que van más allá del funcionamiento de los mecanismos de liquidez. Romero señala la opacidad de las valoraciones internas, la concentración del crédito privado en sectores como el software tecnológico que podrían verse afectados por la irrupción de la inteligencia artificial, y el riesgo de que este mercado, que ha crecido en gran medida en la sombra del sistema regulado, esté acumulando tensiones que no son visibles hasta que se materializan. Son advertencias que merecen ser tomadas en serio, más aún cuando provienen de voces como la de Jamie Dimon, que ha comparado la dinámica actual con la euforia crediticia previa a 2008.

No pretendo aquí resolver ese debate, sino situarlo en su contexto correcto. Una cosa es que los mecanismos de liquidez estén funcionando como estaban diseñados, y otra muy distinta es que ese diseño sea suficientemente robusto para escenarios de estrés severo, que la expansión hacia inversores minoristas haya sido acompañada de una educación financiera adecuada, o que las valoraciones internas de estos activos reflejen fielmente los riesgos subyacentes. Estas son preguntas abiertas y legítimas.

El mercado de crédito privado tiene méritos reales: ofrece financiación a empresas que los bancos regulados no pueden atender, diversifica las fuentes de crédito en el sistema y ha generado rentabilidades atractivas durante ciclos largos. Pero su crecimiento ha sido tan rápido, y su expansión hacia nuevos tipos de inversores tan reciente, que muchas de sus estructuras están siendo probadas a escala por primera vez en un entorno de mayor presión.


La lección más honesta de los episodios recientes no es que el crédito privado esté bien o esté en crisis. Es que antes de hablar de señales de alarma, de comparaciones con 2008 o de riesgos sistémicos, el inversor tiene la obligación de entender qué está comprando. Un fondo que limita reembolsos en activos estructuralmente ilíquidos no está traicionando a sus partícipes, les está recordando las condiciones que aceptaron al entrar. La pregunta relevante no es si el mecanismo falla, sino si el inversor lo comprendía cuando firmó. Fuera de las bolsas, la liquidez existe, pero tiene su propio ritmo, y ese ritmo nos está diciendo algo que todavía no hemos terminado de escuchar.

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