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Cuando ni la guerra salva al oro

En tiempos de guerra, el oro debería subir. O al menos esa es la intuición que durante décadas ha guiado a inversores y analistas. Sin embargo, en las últimas semanas, en pleno conflicto con Irán y con el estrecho de Ormuz bloqueado, el metal precioso ha hecho justo lo contrario: caer con fuerza. Una reacción que ha desconcertado a muchos, especialmente a quienes siguen viendo el oro como una cobertura automática frente a cualquier forma de incertidumbre. Los mercados, sin embargo, rara vez funcionan por intuición.


Gráfico 1: evolución del precio del oro tras el estallido del conflicto

Fuente: Investing.com


La primera explicación tiene poco de sofisticada y mucho de realista. En fases de estrés financiero agudo, los inversores no buscan protección, buscan liquidez. Venden lo que pueden, no necesariamente lo que deberían. El oro, tras meses de subidas sostenidas que lo habían llevado a máximos históricos, se convirtió en uno de los activos más líquidos y con mayores plusvalías acumuladas en cartera. En ese contexto, la toma de beneficios no es irracional: es la respuesta previsible de quien necesita efectivo para cubrir pérdidas o reequilibrar posiciones en otros activos.

Pero quedarse con esta explicación sería simplificar en exceso. La clave más profunda reside en el trasfondo macroeconómico, y para entenderla hay que comprender primero qué mueve realmente al oro.

El metal precioso no genera flujos de caja. No paga cupón ni dividendo. Su atractivo como activo financiero depende casi enteramente del coste de oportunidad de mantenerlo, es decir, de lo que el inversor renuncia por tener oro en lugar de un bono o un depósito. Cuando los tipos de interés reales son negativos o bajos, ese coste es pequeño y el oro resulta atractivo. Cuando los tipos reales suben, la deuda pública ofrece una rentabilidad que compite directamente con el metal, y los flujos se reasignan en consecuencia. Esta es la relación estructural más importante para entender el comportamiento del oro a medio plazo.


Gráfico 2: evolución de tipos de interés y precio del oro

Fuente: Reuters Eikon, Incrementum AG


El conflicto con Irán ha activado precisamente ese mecanismo, aunque no de forma instantánea ni mecánica. La escalada bélica tensionó el precio del petróleo, reavivando el temor a un nuevo repunte inflacionario. El mercado, como es habitual, no esperó a que ese escenario se materializase, sino que lo descontó de forma anticipada. Las expectativas de una política monetaria más restrictiva impulsaron al alza las rentabilidades de la deuda pública, especialmente en los tramos cortos de la curva, elevando los tipos reales y reduciendo el atractivo relativo del oro. A esto se sumó una rotación de flujos desde los metales preciosos hacia la energía, el activo directamente afectado por el conflicto, lo que añadió presión vendedora adicional sobre el metal.

Vale la pena subrayar que esta relación entre tipos reales y oro no opera como un interruptor. Sus efectos se acumulan con cierto retraso y pueden verse enmascarados temporalmente por otros factores. De hecho, durante buena parte de 2022 y 2023 los tipos reales subieron con fuerza y el oro aguantó mejor de lo que el modelo predecía, sostenido por la demanda de bancos centrales y la incertidumbre geopolítica acumulada. Lo que el episodio actual muestra es que, cuando varios factores apuntan en la misma dirección, la correlación se impone con más claridad.


Para el inversor, la lección no es que el oro sea un activo fallido, sino que es un activo en ocasiones mal comprendido. No cubre contra el miedo en abstracto. Cubre contra el dinero barato, contra la represión financiera, contra los tipos reales negativos. Cuando esas condiciones se revierten, el oro pierde su ventaja comparativa aunque el mundo exterior parezca más peligroso que nunca. Integrarlo bien en una cartera exige entender esa distinción, no asumir que cualquier crisis geopolítica justifica automáticamente una posición larga en el metal.

Lo ocurrido en las últimas semanas no invalida el papel del oro como activo de diversificación a largo plazo. Pero sí obliga a entenderlo con mayor precisión. El oro no es un seguro contra la guerra. Es un seguro contra un entorno monetario concreto. Y cuando ese entorno cambia, ni la guerra es suficiente para salvarlo.

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