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¿Quién está financiando la revolución de la IA?

El boom de la inteligencia artificial está dejando de ser solo una historia tecnológica para convertirse también en una historia de deuda, capital y riesgo

Durante los últimos años, la inteligencia artificial se ha convertido en una de las grandes historias de los mercados. Las valoraciones de las compañías tecnológicas se han disparado, los inversores compiten por entrar en el próximo gran proyecto de IA y las grandes tecnológicas anuncian inversiones cada vez mayores en centros de datos, chips e infraestructura.

Pero detrás de cada nuevo modelo de IA existe una factura. Y es una factura cada vez más difícil de ignorar.

Microsoft, Amazon, Alphabet, Meta y otros grandes actores tecnológicos están destinando cientos de miles de millones de dólares a construir la infraestructura necesaria para sostener esta nueva economía. Centros de datos, semiconductores, redes eléctricas y capacidad de computación requieren enormes cantidades de capital y una apuesta por unos ingresos futuros que todavía están por demostrar.

Hasta ahora, buena parte de ese esfuerzo podía financiarse con los propios balances y flujos de caja de las grandes tecnológicas. Pero a medida que la escala de las inversiones aumenta, una parte creciente de la financiación está llegando desde fuera: mercados de bonos, bancos, fondos de private credit, empresas de private equity y grandes inversores institucionales. La revolución de la IA está, por tanto, generando otra revolución menos visible: la de su financiación.

La pregunta ya no es solo cuánto dinero necesita la inteligencia artificial, sino quién está poniendo ese dinero, cómo se está financiando y, sobre todo, quién asumirá el riesgo si los retornos esperados tardan más de lo previsto en llegar.

La factura

Empecemos por la factura. Amazon apunta a unos 200.000 millones de dólares de inversión en 2026; Microsoft, a cerca de 190.000; Alphabet, a entre 175.000 y 185.000; y Meta, a entre 125.000 y 145.000, después de elevar su previsión en abril. Según J.P. Morgan Asset Management, el capex de los hyperscalers, los grandes proveedores de servicios en la nube, ha pasado de 156.000 millones en 2022, el año del lanzamiento de ChatGPT, a más de un billón de dólares esperado en 2027.

Una cifra de esta magnitud difícilmente puede financiarse únicamente con la caja de las grandes tecnológicas. J.P. Morgan calcula que los flujos operativos y la emisión de acciones cubrirán apenas una cuarta parte de la inversión acumulada en IA prevista hasta 2030, unos 5,5 billones de dólares, lo que está llevando a los hyperscalers a recurrir cada vez más al mercado de bonos. En lo que va de 2026 han emitido 219.000 millones en deuda con grado de inversión, y su peso en la emisión en dólares ha pasado de un 2% entre 2022 y 2024 a un 9% esperado este año. El mercado empieza a reflejar este aumento del endeudamiento: ajustados por duración, los diferenciales de los hyperscalers rondan el 1,05% frente a los aproximadamente 0,8% del mercado corporativo en general. J.P. Morgan considera esa ampliación justificada y la atribuye al volumen de oferta, no a un deterioro del negocio.

Gráfico de barras: el peso de los hyperscalers en la emisión de bonos con grado de inversión en dólares pasa del 2% de media entre 2022 y 2024 al 9% estimado para 2026

Fuente: J.P. Morgan Asset Management

Los bonos son solo la parte visible

Los bonos, sin embargo, son solo la parte visible. Los mercados financieros también han entrado en la fábrica de IA. El 10 de agosto, NVIDIA anunció un pacto preliminar con Apollo, BlackRock, Blackstone, Brookfield, Goldman Sachs y KKR para movilizar más de 500.000 millones de dólares de capital de terceros a lo largo del tiempo. Conviene subrayar que es un objetivo y no dinero ya desplegado: los acuerdos siguen sujetos a la firma de los contratos definitivos. La financiación se apoyará en crédito privado y en vehículos específicos respaldados por la propia infraestructura de computación. NVIDIA podría, además, ofrecer un respaldo de valor residual de hasta el 25% de cada operación. No es un caso aislado: Morgan Stanley estima que las tecnológicas y sus socios podrían necesitar hasta 800.000 millones en crédito privado ligado a activos concretos de aquí a 2028.

La deuda que no aparece en el balance

Pero no todo este endeudamiento aparece directamente en el balance de las grandes tecnológicas. Un buen ejemplo es Hyperion, el campus de Meta en Luisiana: Blue Owl tiene el 80% de la empresa conjunta, Meta el 20%, y el vehículo emite 27.300 millones de deuda que queda fuera del balance de Meta. A cambio, Meta firma los alquileres y aporta una garantía de valor residual de unos 28.000 millones que decrece con el tiempo; si el campus vale menos de lo pactado, cubre la diferencia. Según el Financial Times, las tecnológicas han ofrecido hasta 300.000 millones de dólares en garantías de este tipo en los últimos doce meses, con los 105.000 millones de NVIDIA para un centro de OpenAI en Ohio y unos 29.000 de Broadcom entre los casos más grandes. Estas cifras corresponden a garantías anunciadas, no a deuda reconocida directamente en los balances, y solo se convertirían en un coste efectivo si el valor de los activos cayese por debajo de determinados niveles.

La hipótesis que lo sostiene todo

Toda esta estructura financiera descansa sobre una hipótesis que todavía no puede comprobarse: que los ingresos generados por la IA crecerán lo suficiente para justificar el capital invertido. Una estimación atribuida a J.P. Morgan calcula que hacen falta 650.000 millones de ingresos anuales nuevos para un 10% de retorno, frente a unos 50.000-150.000 millones atribuibles a IA hoy. Los laboratorios líderes crecen deprisa, pero desde bases pequeñas: los ingresos anualizados de OpenAI a finales de 2025 equivalen a cerca del 3% del capex previsto para 2026.

Si esos ingresos no llegan, la pregunta es sencilla: ¿quién paga?

¿Quién asume el riesgo?

El riesgo no desaparece al salir del balance de una tecnológica: simplemente cambia de manos. Pasa a aseguradoras, fondos de crédito privado, bancos e inversores en infraestructura, que son quienes prestan el dinero a través de bonos, préstamos y vehículos financieros. Y detrás de ellos pueden estar, en última instancia, los ahorradores y los fondos de pensiones que invierten a través de esas entidades.

Uno de los principales interrogantes es la vida útil de los activos. Algunas compañías amortizan sus GPU en seis años, mientras que especialistas en financiación de proyectos estiman una vida económica de tres a cuatro años. En un sector en el que NVIDIA y AMD lanzan nuevas generaciones de chips a gran velocidad, una depreciación más rápida de lo previsto podría reducir el valor del colateral que respalda la deuda.

No todos comparten esta preocupación: algunos participantes del mercado sostienen que los valores residuales pueden asegurarse y que la vida útil de determinados equipos podría ser mayor. La evolución de esta variable será clave para determinar dónde acaba realmente el riesgo.

Una revolución financiera

La revolución de la IA también es una revolución financiera. Lo que comenzó como una carrera tecnológica financiada principalmente por los beneficios de las grandes compañías se está convirtiendo en un fenómeno de mercados de capitales: bonos, crédito privado, vehículos de propósito especial y garantías.

La pregunta ya no es solo cuánto capital puede movilizar la IA, sino si los ingresos y la productividad que genere serán suficientes para rentabilizarlo. Si la respuesta es sí, buena parte de este capital habrá servido para construir una infraestructura que sostendrá la economía digital. Si esos ingresos no llegan a tiempo o no alcanzan las expectativas, el riesgo se habrá distribuido mucho más allá de las propias tecnológicas.

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