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La deuda nunca muere, se renueva

Los gobiernos nunca terminan de pagar lo que deben: lo renuevan. Ahora que renovar sale más caro, alguien tiene que pagar la factura.

Si tienes una hipoteca a tipo variable, ya lo habrás notado. El euríbor, el índice al que va ligada, cerró septiembre con una media del 3,25%, su nivel más alto en dos años y más de un punto por encima del de hace doce meses. Pero esa subida no nace en tu banco. Nace en un sitio del que casi nunca se habla en la sobremesa: el mercado de tipos, donde también se fija el precio de la deuda pública.

Gobiernos que renuevan deuda constantemente

Cuando un gobierno necesita financiación, emite bonos y los vende en el mercado; a cambio, paga un interés a quien los compra. Hoy ese interés está en niveles que no se veían en décadas: el bono de Estados Unidos a treinta años rinde alrededor del 5,6%, lo más alto desde 2002, y el español a diez años ronda el 4,1%, cerca de su máximo del año. Detrás hay una inflación reavivada por el petróleo y la crisis de Ormuz, que ha llevado a los bancos centrales a subir los tipos: el Banco Central Europeo lo hizo el 10 de septiembre, su segunda subida del año tras la de junio, y la Reserva Federal, el día 16, por primera vez desde 2023.

Pero lo que está en juego va más allá de una subida de tipos. Los gobiernos nunca terminan de pagar su deuda: la renuevan. Cuando vence un bono, el Estado no tiene el dinero guardado y emite otro para devolverlo, y eso es lo habitual. Según la OCDE, el 78% de lo que pedirán prestado este año los gobiernos de sus países miembros servirá para refinanciar deuda existente, y las necesidades de refinanciación marcaron en 2025 un récord de 13,5 billones de dólares. La deuda pública mundial cerró 2025 en el 93,9% del PIB, es decir, de todo lo que produce el planeta en un año, y el Fondo Monetario Internacional (FMI) prevé que llegue al 100% en 2029, un nivel que solo se registró tras la Segunda Guerra Mundial.

La rueda de la deuda: de cada 100 dólares que piden los gobiernos de la OCDE en 2026, 78 son para refinanciar deuda vieja y 22 son dinero nuevo; de su deuda a tipo fijo a finales de 2025, en torno a un 33% vence entre 2026 y 2028 y en torno a un 67% vence después

Fuente: OCDE, Global Debt Report 2026. El tercio de deuda a tipo fijo que vence entre 2026 y 2028 es la cifra que ofrece la OCDE; se muestra como ≈33%.

Este sistema ha funcionado mientras el dinero fue barato o hubo un banco central dispuesto a inyectar liquidez cuando el mercado se atragantaba. Eso está cambiando: ahora renovar sale mucho más caro.

Deuda vieja que vence a tipos más altos

El problema es que buena parte de lo que vence ahora se contrató cuando el dinero era barato. La OCDE calcula que un tercio de la deuda a tipo fijo de sus países vence entre 2026 y 2028, y los gobiernos acortan los plazos para pagar menos, lo que les obliga a refinanciar más a menudo. Estados Unidos es el caso mayor. Según la Oficina Presupuestaria del Congreso (CBO), su deuda ronda el 101% del PIB, su déficit, lo que gasta por encima de lo que ingresa, equivale al 5,8% de su economía, y solo en intereses pagará este año más de un billón de dólares, más de lo que gasta en defensa.

Para saber si esto es sostenible hay una cuenta sencilla: una deuda es manejable mientras la economía crece más deprisa que el interés que se paga por ella, como una hipoteca fija cuando tu sueldo sube más que la cuota. Hoy Estados Unidos paga de media un 3,5% por su deuda, porque buena parte se contrató cuando el dinero era barato, y su economía, sumando actividad real e inflación, creció en el segundo trimestre a un ritmo anualizado del 8,5% (un 2,2% real y un 6,1% de subida de precios), en parte inflada por el encarecimiento de la energía. Hay colchón, pero está hecho en buena medida de inflación, justo lo que los bancos centrales intentan frenar. Y la deuda barata vence y se renueva a los tipos de hoy: el 5,3% a diez años y el 5,6% a treinta.

Por eso ese colchón no garantiza nada. Más deuda vieja que renovar a tipos más altos significa más intereses; más intereses, más déficit; y más déficit, más deuda nueva que colocar. Cada vuelta sale más cara que la anterior. En Estados Unidos, los intereses absorberán este año casi uno de cada cinco dólares que recauda el Estado, y más de una cuarta parte en 2036, según la CBO. La renovación es gradual, porque la deuda tarda unos seis años de media en vencer, pero la dirección es clara: en un cálculo simplificado, renovar todo el saldo a los rendimientos actuales (en torno al 5% de media, frente al 3,5% que se paga hoy) costaría, sobre una deuda cercana al 100% del PIB, del orden de un punto y medio de PIB más al año en intereses. Y Washington sigue gastando más de lo que ingresa incluso sin contar los intereses.

Bancos centrales como comprador de último recurso

¿Quién comprará la deuda cuando el mercado no baste? La respuesta suele estar en los bancos centrales. En julio de 2012, en plena crisis bancaria y con dudas sobre la continuidad del euro, la prima de riesgo de España, el sobreprecio que exigen los inversores frente a Alemania, superó los 630 puntos básicos. La calma volvió cuando Mario Draghi prometió hacer «todo lo necesario» para salvar el euro, una promesa creíble porque había un banco central dispuesto a respaldarla. La Reserva Federal vivió la versión inversa: intentó reducir su balance, en octubre de 2025 anunció que lo frenaría por tensiones en la financiación y en diciembre volvió a comprar letras del Tesoro, oficialmente para mantener suficientes reservas en los bancos y no para financiar al Estado.

Esta red de seguridad tiene defensores, que sostienen que evita un colapso del mercado cuando nadie más compra, y críticos, que señalan tres costes:

  • Distorsiona el precio del dinero: cuando el banco central actúa como comprador principal, el tipo de interés deja de reflejar plenamente el riesgo real del emisor, y la confianza de los inversores pasa a depender de ese respaldo.

  • Amplía la desigualdad: si estas compras se prolongan en el tiempo, tienden a inflar el precio de los activos financieros, favoreciendo a quien ya tiene patrimonio frente al resto.

  • Crea dependencia y atrapa al banco central: esta es quizás la consecuencia más peligrosa a largo plazo. El mercado se acostumbra a la liquidez y, cuando el banco central intenta retirarla, el mercado se tensiona inmediatamente. Esto atrapa a la institución y, a la larga, compromete su independencia política frente al poder ejecutivo, convirtiéndola en el garante último de la financiación estatal.

Cuando los bancos centrales quedan atrapados en este bucle y a los Estados les queda menos holgura, el problema salta del plano monetario al político. ¿Cómo termina esta historia? La mejor guía es la historia. Un conocido estudio de Carmen Reinhart, Vincent Reinhart y Kenneth Rogoff sobre 70 episodios de reducción de deuda en 22 economías avanzadas desde 1800 concluye que los países ricos recurrieron, mucho más de lo que recordamos, a vías poco ortodoxas. Dejando aparte la solución ideal, crecer lo bastante deprisa como para diluir el problema, quedan tres salidas, y cada una la paga alguien distinto:

  • Recortar gasto y subir impuestos: lo paga el contribuyente, y tiene un coste político altísimo.

  • Dejar que la inflación se coma la deuda: una vía silenciosa cuyo coste recae sobre los ahorradores.

  • Reestructurar la deuda: una medida drástica que repercute en los acreedores.

La tentación de los gobiernos es la vía silenciosa: dejar que la inflación y los tipos reprimidos licúen la deuda. Pero ese atajo tiene un peaje que no figura en ningún presupuesto.

Inflación y represión de tipos como alternativa

No es la crisis de 1981-1982, cuando Paul Volcker llevó los tipos al 20% para frenar la inflación y asfixió a los países latinoamericanos endeudados en dólares. Hoy el riesgo se ha desplazado hacia economías ricas que se financian en monedas fuertes, y en ellas, antes del impago abierto, suelen aparecer otras vías, como esa inflación o esos tipos reprimidos. Lo habitual no es quebrar de golpe, sino ir cediendo margen de decisión. Quien rescata o financia suele imponer condiciones: lo vivió América Latina en los ochenta con los planes del FMI, Europa tras 2010 con los rescates y los recortes, y España con la reforma exprés de la Constitución de 2011, que puso el pago de la deuda por delante de cualquier otro gasto.

Y el mercado también puede vetar decisiones políticas, en cuestión de días. En septiembre de 2022, las rebajas fiscales sin financiar del gobierno británico de Liz Truss dispararon los tipos de interés, obligaron a una intervención de emergencia del Banco de Inglaterra y provocaron su dimisión a las siete semanas. Hoy el pulso se juega también en otro frente, el del Gobierno contra su propio banco central: el 16 de septiembre la Reserva Federal subió los tipos por unanimidad y, ese mismo día, Donald Trump reclamó en su red social tipos del 1% o menos. El dilema es de fondo: cuando financiar la deuda exige tipos bajos y frenar la inflación exige tipos altos, alguien tiene que ceder.

Nadie sabe si esta situación explotará, y quien ponga fecha solo especula. Los mercados tienen hoy más herramientas que en 1982 y los tipos oficiales están muy por debajo de los de entonces. Pero la historia, desde los ochenta hasta la crisis del euro, enseña que estos sistemas no se desploman por ser grandes, sino cuando los inversores dejan de creer que la rueda puede seguir girando en las condiciones de hoy, y ese cambio de opinión llega siempre más rápido que la reacción de los gobiernos. Por eso conviene vigilar tres señales: el interés que exigen los bonos a largo plazo, el momento en que los bancos centrales vuelvan a inyectar liquidez de emergencia para calmar al mercado y la velocidad con la que los Estados acortan los plazos de su deuda.

España no es ajena a esa rueda, aunque llega en mejor forma que hace una década. Su deuda bajó en julio al 99,9% del PIB, por debajo del 100% por primera vez desde febrero de 2020, y su prima de riesgo ronda los 50 puntos básicos, lejos de los más de 630 de 2012. El Tesoro ha alargado la vida media de la cartera hasta casi ocho años, de modo que solo renueva en torno al 13% cada ejercicio y paga de media cerca de un 2,3%, bastante menos que el 4,1% al que hoy se financia a diez años. Ese colchón se irá agotando a medida que la deuda vieja se renueve: los intereses superaron los 40.000 millones de euros en 2025 y el Gobierno prevé más de 42.000 este año. A esa factura se suma la del BCE, que subió los tipos en septiembre y no descarta hacerlo de nuevo.

Al final, la próxima vez que mires la cuota de tu hipoteca, recuerda que está conectada, por una cadena larga pero real, con esta rueda de deuda que no deja de girar. La pregunta de fondo ya no es si habrá que pagar la factura, sino quién la asumirá: el contribuyente, el ahorrador o el acreedor y, sobre todo, quién decidirá las reglas del juego.

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