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Plus Ultra: España, innovación más allá del horizonte

En 1492, España conectó dos mundos que hasta entonces vivían separados. Aquello no fue solo una gesta de valor, sino una empresa de conocimiento: cruzar el Atlántico exigió dominar la astronomía, perfeccionar los instrumentos de navegación, trazar una cartografía avanzada y organizar expediciones a una escala inédita.

Aquella hazaña descansaba sobre pilares construidos durante siglos. Ya en el siglo XI, astrónomos de Toledo como Azarquiel perfeccionaron instrumentos para estudiar el cosmos y en el XIII las Tablas Alfonsíes, promovidas por Alfonso X, se convirtieron en una referencia astronómica en toda Europa. Observar los astros no era solo curiosidad científica: en alta mar, el cielo era el único mapa. Medir la posición del sol y de las estrellas permitía calcular la latitud y mantener el rumbo lejos de tierra, y esa tradición astronómica acabó siendo la base de la navegación oceánica.

El conocimiento científico requería, además, una estructura que lo organizara y lo transmitiera. En 1503, la Casa de la Contratación de Sevilla institucionalizó el saber náutico: formaba pilotos, examinaba instrumentos y mantenía un gran mapa oficial que se corregía con cada viaje. Años después, en 1522, Elcano completó la primera vuelta al mundo, y en 1545 Pedro de Medina publicó un manual de navegación que se tradujo a varios idiomas y se leyó en toda Europa. En 1565, Urdaneta halló el Tornaviaje (la ruta de regreso a América desde Filipinas), que durante más de dos siglos mantuvo unidos Asia, América y Europa. Esta ruta es considerada la primera globalización de la historia. Asimismo, Felipe II fundó en Madrid una Academia de Matemáticas para formar ingenieros y cosmógrafos.

La idea de la ciencia como empresa del Estado sobrevivió al Siglo de Oro. En 1735, los oficiales de la Armada Jorge Juan y Antonio de Ulloa se unieron a la misión científica enviada a Quito para medir un arco de meridiano en el ecuador y resolver un debate de la época: si la Tierra era una esfera perfecta o estaba achatada por los polos. Sus mediciones confirmaron lo segundo. A finales de siglo, Malaspina recorrió durante cinco años los dominios de la Corona para cartografiarlos y estudiarlos, y José Celestino Mutis dirigió en Nueva Granada una de las mayores expediciones botánicas de su tiempo. En 1803, la expedición Balmis, primera expedición sanitaria internacional de la historia, llevó la vacuna de la viruela a América y Asia.

Con el siglo XIX, esa curiosidad por conocer el mundo se convirtió también en afán por transformarlo, y la mirada se dirigió hacia lugares aún sin explorar: el fondo del mar, el aire y la propia mente. Narcís Monturiol probó en 1859 el Ictíneo, un submarino ideado para trabajar bajo el agua, e Isaac Peral botó en 1888 un submarino eléctrico. En el aire, Juan de la Cierva hizo volar en 1923 el autogiro, precursor del helicóptero. Y en la mente, Santiago Ramón y Cajal, Nobel en 1906, descubrió cómo se organizan las neuronas y sentó las bases de la neurociencia moderna.

Merece mención aparte Leonardo Torres Quevedo, uno de los ingenieros más adelantados a su tiempo. Inventó el Telekino, uno de los primeros sistemas de telecontrol por radio, pero su aportación más profunda fue una idea: que una máquina podía ejecutar tareas que exigían razonamiento si era capaz de percibir su entorno, decidir y actuar en consecuencia. La demostró en 1912 con El Ajedrecista, un autómata que detectaba la posición de las piezas, aplicaba reglas para elegir la jugada y la ejecutaba sin intervención humana. Más de cuarenta años antes de que se acuñara el término, Torres Quevedo planteó el principio sobre el que hoy se construye la inteligencia artificial.

Exploradores, científicos e ingenieros: los separan siglos y disciplinas, pero los une una misma actitud. Ninguno aceptó los límites de su tiempo como definitivos. Cada uno se preguntó por qué existían y buscó la manera de cruzarlos. Este es el espíritu del Plus Ultra. Según la tradición, las columnas de Hércules advertían del fin del mundo conocido con un «Non Plus Ultra», y España adoptó el lema contrario: «Plus Ultra», más allá.

La frontera de hoy

Ese «más allá» ya no está en el horizonte del mar, sino en el espacio, la ciberseguridad y la inteligencia artificial. Los satélites sostienen servicios esenciales: comunicaciones, navegación, meteorología, observación de la Tierra, sincronización de redes financieras y gestión de emergencias.

España tiene en el espacio una trayectoria más sólida de lo que suele reconocerse. Es miembro fundador de la Agencia Espacial Europea y en el ESAC, a las afueras de Madrid, se operan misiones científicas europeas. Además, los instrumentos que miden el clima de los rovers Curiosity y Perseverance en Marte se desarrollaron en España, y en nuestro país se trabaja en un lanzador propio, una tecnología al alcance de muy pocas potencias que reforzaría nuestra soberanía estratégica en este ámbito.

Pero toda expedición debe proteger lo que construye. Un satélite vale tanto por sus instrumentos como por la seguridad de sus comunicaciones, de su software y de las estaciones que lo operan, y lo mismo ocurre con las redes de energía, los hospitales o el sistema financiero. Actualmente un país puede quedar paralizado por ciberataques u otras amenazas híbridas, y por eso la ciberseguridad ha dejado de ser un asunto técnico para convertirse en una cuestión de soberanía. En este terreno, España parte de una posición sólida: el INCIBE y el Centro Criptológico Nacional protegen a ciudadanos, empresas y administraciones. Sin seguridad, la tecnología más avanzada sigue siendo vulnerable, y defender lo alcanzado es también una forma de seguir avanzando.

La tecnología que más rápido está transformando la forma de trabajar, de investigar y de decidir es la inteligencia artificial. La idea que Torres Quevedo anticipó, la de una máquina que percibe, decide y actúa, ha dado un salto que él no pudo imaginar: hoy las máquinas aprenden de los datos, interpretan imágenes de satélite, traducen lenguas y detectan intrusiones en una red antes de que un humano las vea. Barcelona alberga MareNostrum 5, uno de los supercomputadores más potentes de Europa, y empresas españolas trabajan en la computación cuántica y en sistemas de inteligencia artificial más eficientes.

Quien domine el desarrollo de estas tecnologías no solo participará en el futuro: ayudará a escribirlo.

De usuarios a protagonistas

La cuestión de fondo es si queremos limitarnos a utilizar las tecnologías que otros desarrollan o aspiramos también a diseñarlas, fabricarlas y participar en las decisiones que marcarán su evolución. España cuenta con universidades, centros de investigación, profesionales y empresas capaces de abordar proyectos complejos. El reto es transformar ese potencial en capacidad industrial, especialmente en los sectores estratégicos.

Nuestra historia ofrece ejemplos de cómo el conocimiento, cuando se acompaña de organización y continuidad, puede convertirse en una ventaja real. La Casa de la Contratación y la Academia de Matemáticas impulsaron la formación de especialistas y el desarrollo de conocimientos fundamentales para la navegación y la ingeniería de su época. Hoy necesitamos esa misma visión a largo plazo: invertir en proyectos ambiciosos, conectar la investigación con la industria y lograr que los avances científicos se traduzcan en productos y empresas competitivas.

Así podremos crear oportunidades para nuestro talento y reforzar la presencia de España en las tecnologías que definirán las próximas décadas. La ambición no debe ser únicamente acceder a la tecnología del futuro, sino participar activamente en su desarrollo.

El próximo horizonte

El 12 de octubre es una fecha para mirar atrás, pero también un recordatorio de lo que puede lograr una sociedad cuando pone el conocimiento al servicio de una ambición colectiva. Hace cinco siglos, ampliar el horizonte significaba navegar hacia territorios lejanos. Hoy significa explorar el espacio, proteger nuestras redes, desarrollar sistemas inteligentes y dominar las tecnologías que sostendrán el futuro.

La historia nos enseña que los límites de lo posible se pueden desplazar. Nuestra responsabilidad es seguir avanzando hacia nuevos horizontes, fieles al espíritu que nos ha acompañado durante siglos: «Plus Ultra».

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