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Jaque Mate en Hormuz

El Estrecho de Ormuz no es un riesgo hipotético. Es el punto de mayor fragilidad del sistema energético mundial, y hasta hace una semana esa fragilidad dejó de ser teórica. Ataques a infraestructuras, escalada militar directa entre Israel-Estados Unidos e Irán, y el precio del petróleo y gas   crudo moviéndose a cada titular. Lo que durante años fue un escenario de manual lleva meses siendo una variable activa en los mercados. Y en ese contexto, hay dos países que están jugando partidas completamente distintas.

El petróleo siempre ha sido poder. La pregunta es quién ha decidido dejar de necesitarlo.

El 90% de todo el crudo que transita por Ormuz tiene como destino Asia. Un número que por sí solo ya explica por qué cualquier interrupción en el estrecho no es un problema regional: es un problema de la segunda economía del mundo. China importa aproximadamente la mitad de su petróleo de Oriente Medio, y una parte significativa de su Gas natural licuado llega por esa misma ruta. Eso significa que Pekín lleva años con un riesgo estructural enorme encima de la mesa, y que la respuesta que ha dado a ese riesgo es probablemente la estrategia energética más ambiciosa que está ejecutando cualquier país en este momento.

Durante 2025, China retiró cerca de un millón de barriles diarios del mercado global para engrosar sus reservas estratégicas, acumulando aproximadamente 160 millones de barriles a lo largo del año. Sus inventarios totales cerraron el ejercicio por encima de los 1,5 billones de barriles, según datos de Kpler, equivalente a más de 120 días de importaciones. Suficiente para absorber un corte total de suministro desde Oriente Medio sin que las reservas representaran un problema operativo inmediato. China no está cubriendo un riesgo, está comprando cobertura y anticipándose a la 3. Guerra del Golfo pérsico.

Las reservas solo son la cobertura, porque la jugada estructural de China es otra, y pasa por Rusia. China importa aproximadamente la mitad de su petróleo de Oriente Medio, pero el gasoducto Power of Siberia 1, operativo desde 2019, alcanzó su capacidad máxima de 38.000 millones de metros cúbicos anuales en 2024. Gas que llega por tierra, desde Siberia, sin depender de ningún estrecho ni de ninguna ruta marítima vulnerable. En paralelo, Rusia se convirtió ese mismo año en el mayor proveedor individual de crudo para China, con 2,2 millones de barriles diarios, frente a los 1,7 millones que llegaban desde Arabia Saudí. China no llegó a este acuerdo por afinidad ideológica. Lo hizo porque la ruta terrestre no tiene puntos de estrangulamiento, porque el petróleo ruso llega con descuento por las sanciones occidentales, y porque tener a Rusia como proveedor es, en este tablero, una ventaja de la que ningún otro país dispone.

Lo que hace China con Rusia es inteligente. Lo que hace con el resto de sus proveedores es más inteligente todavía. Mientras negocia lentamente el Power of Siberia 2, un segundo gasoducto que añadiría otros 50.000 millones de metros cúbicos anuales reduciendo aún más su dependencia del GNL de Oriente Medio, firma simultáneamente contratos a largo plazo con Qatar, Australia y otros proveedores. La lentitud con Moscú no es negligencia. Es táctica. Mientras el acuerdo sigue abierto, todos los demás proveedores compiten por asegurarse un contrato antes de que Rusia les quite cuota, y China se sienta a esperar que bajen los precios. En 2024 pagaba por el gas del Power of Siberia 1 más de un tercio menos que los compradores europeos por el mismo gas ruso. No es una anomalía. Es el resultado de una estrategia meditada.

Y luego está la jugada de fondo, la que cambia la ecuación a largo plazo. China es hoy el mayor mercado de vehículos eléctricos del mundo y el líder global en instalación de capacidad renovable. El cambio masivo hacia el vehículo eléctrico ya está comprimiendo la demanda de gasolina, y las renovables están desplazando al gas en el sector eléctrico, reduciendo otro vector de dependencia exterior. En 2025, la autosuficiencia energética de China alcanzó el 84,7%. Cada punto porcentual que sube ese número es un punto porcentual menos de exposición a Ormuz.

 

Frente a todo esto, la historia americana es la imagen especular perfecta. En 2003, Estados Unidos importaba cerca de 3 millones de barriles diarios del Golfo Pérsico. Era el cliente más grande de la región, y cada conflicto en Oriente Medio llegaba directamente a su economía. Hoy esa cifra ha caído a 500.000 barriles por día. No porque EE.UU. consuma menos energía, sino porque aprendió a producir la suya. Desde 2003, su producción doméstica ha subido un 145%, hasta aproximadamente 13,7 millones de barriles diarios. Al fenómeno que lo hizo posible se le llama el shale boom, y no fue solo una revolución industrial. Fue la decisión, tomada a lo largo de dos décadas, de dejar de depender de un estrecho que siempre había sido el talón de Aquiles de Occidente.

Japón y Corea del Sur presentan el caso opuesto. Ambos países reciben más del 60% de sus importaciones totales de petróleo a través del Estrecho de Ormuz y carecen de alternativas estructurales a corto plazo. Sus reservas estratégicas, calculadas para cubrir 90 días de consumo según los requisitos de la AIE, ofrecen un margen limitado ante una disrupción prolongada. A diferencia de China, ninguno de los dos cuenta con rutas de suministro terrestres alternativas ni con acuerdos bilaterales que desvinculen su abastecimiento de las rutas marítimas del Golfo. Han diversificado proveedores hacia África Occidental y América, pero su exposición estructural a Ormuz permanece intacta.

Esta semana los mercados reaccionaron. El lunes 2 de marzo, cuando abrieron los mercados después de que se hiciesen públicos los ataques, el Nikkei cayó un 1,3% y el yen se depreció un 0,56% contra el dólar, paradójicamente, en el momento en que más se necesitaba como refugio. El martes, con los mercados coreanos reabiertos tras el festivo, el KOSPI se desplomó un 7,24%, borrando 270.000 millones de dólares en capitalización en una sola sesión. El miércoles empeoró: caída del 12,1%, circuit breaker activado, Samsung y SK Hynix perdiendo cerca del 10% cada una. El gobierno surcoreano tuvo que intervenir con un paquete de emergencia de 100 billones de won (68.000 millones de dólares) para parar el desplome. El jueves el KOSPI rebotó un 12%, el mayor rebote intradía desde 2008, pero no por fundamentales. Fue una reacción directa a la intervención gubernamental. Mientras tanto, el petróleo crudo superó los 87 dólares por barril, su nivel más alto desde abril de 2024.


El mapa no ha cambiado. El Estrecho de Ormuz sigue en las mismas coordenadas que hace cincuenta años. Lo que ha cambiado es quién lleva décadas preparándose para que ese mapa deje de importarle. EE.UU. lo resolvió produciendo más. China lo está resolviendo dependiendo menos. Y mientras esos dos países juegan su partida, el resto del mundo acaba de darse cuenta de que llevaba años sentado frente al tablero sin haber movido una sola pieza.

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